—Seguir el camino que los espíritus que me asisten han querido trazarme en este mundo.

—¡Pero hombre!—exclamé en el colmo de la estupefacción.

—¡Es forzoso!—replicó bajando la cabeza.

De sus ojos saltó una lágrima que bajó rodando por sus mejillas.

Yo estaba como quien ve alzarse delante de sí un fantasma.

—¡Es forzoso!—replicó con más fuerza—. Para comprobar el mandato de Sócrates acudí a la escritura automática. Con los ojos cerrados y sin pensar en lo que hacía llené un pliego entero de papel. Cuando fuí a mirar lo escrito, hallé repetido noventa y tres veces el nombre de Celedonia. Después consulté todavía al diccionario. Introduje la plegadera en él, lo abrí, miré en la columna y en la línea convenidas conmigo mismo y leí la palabra lavandera... Ya ves que la orden de los espíritus es bien clara...

Lo que veía claramente es que aquel pobre joven estaba loco y pensaba vagamente en ir a comunicar la noticia a su tío el marqués de la Ribera del Fresno, cuando él mismo se me adelantó profiriendo con firmeza:

—Mi resolución está tomada. Me caso con Celedonia. Así se lo he comunicado a mi tío.

—¡A tu tío!

—Sí, hoy mismo se lo he participado.