La muchacha, sorprendida a su vez, dió unos pasos atrás contemplando con espanto la fisonomía descompuesta del joven.
—¡Señorito!
Se miraron ambos con el mismo terror por espacio de algunos segundos. Al cabo, la chica balbució toda confusa:
—Perdone, señorito..., creí que no estaba en su habitación.
—No hay de qué... Pase usted—murmuró Jáuregui con la respiración jadeante, pasando repentinamente del terror a la resignación, mejor dicho, al abatimiento.
Esta Celedonia, criada y aprendiza de su planchadora, era una moza de veinte años, frescachona y razonablemente fea, la boca grande, la nariz ancha, los ojos saltones. Su ilustración al mismo tiempo no dilatada. Sumaba por los dedos bastante bien, pero no había abordado otros misterios de las matemáticas. Hablaba con todos como si estuvieran del lado de allá del río; sus fuerzas, hercúleas; sus discursos, pintorescos; su risa, formidable.
Jáuregui no había podido comprobar estos extremos, porque rarísima vez había hablado con ella; pero Doña Encarnación, que la conocía mejor, los había divulgado.
Por aquellos días hallé a mi elegante amigo hondamente preocupado. Hablaba poquísimo, no reía jamás y parecía huírme. Al fin una noche, encerrado conmigo en su gabinete, me confesó con labio balbuciente lo que acabo de referir.
—¿Y qué es lo que piensas hacer?—le pregunté picado por la curiosidad.
Tardó algunos instantes en responder y al cabo profirió con voz sorda: