Era por naturaleza espléndido, y como yo le había entrado por el ojo derecho se complacía en hacerme cada pocos días un regalito: una caja de jabones, una boquilla, un bastón y otras chucherías por el estilo. Cuando alguna vez íbamos juntos al café era imposible que yo pagase el servicio. Casi a diario tenía a la puerta un coche del Círculo aristocrático donde almorzaba y a menudo me llevaba en él de paseo a la Castellana. En estas ocasiones le veía hacerse señas con las beldades libres más a la moda y, por lo tanto, más caras. Las propinas que vertía en manos de los cocheros y los mozos de café eran escandalosas por lo crecidas.
Gastaba el dinero y gastaba la vida al mismo tiempo. Su organismo se marchitaba velozmente por la combinación antihigiénica de las comunicaciones carnales y espirituales. De un lado Antonia la Gallega, Paca la Serrana. Del otro, Sócrates y Pedro el Grande. Era imposible resistir a este conjunto de fuerzas tan opuestas. El pobre chico ya no tenía más que ojos en la cara.
Un suceso inesperado, fulgurante, vino a turbar, sino a precipitar, aquella marcha lenta y metódica hacia el cementerio. He aquí cómo se desenvolvió tan extraño acontecimiento, según los datos que el mismo interesado me suministró.
Se hallaba nuestro joven una tarde celebrando su acostumbrada conferencia con Sócrates cuando se le ocurrió preguntar al célebre filósofo si estaba destinado por Dios a ser casado o soltero y en el primer caso quién sería la mujer a la cual había de llamar esposa. La respuesta del filósofo fue terminante: «La primera mujer que veas y te hable, esa será tu esposa.»
Como puede inferirse, este oráculo produjo mucha turbación en el ánimo de Jáuregui. ¿Quién no se sentiría trastornado al saber que la desgracia o la felicidad de su vida se hallaba pendiente de un hilo tan delgado? Por esta razón, Jáuregui se apresuró a repetirla pregunta temiendo no haber comprendido bien. Sócrates respondió con la misma precisión, aunque variando un poco los términos: «La primera mujer a quien vean tus ojos, a esa debes elegir por esposa.»
En aquel mismo instante llamaron con la mano a la puerta de escape de su alcoba. Toda su sangre fluyó al corazón.
—¿Se puede?—dijo una voz femenina desde fuera.
Era la de la criada de su planchadora que solía traerle dos veces por semana la ropa. Jáuregui, sin responder, se precipitó a echar el cerrojo. No llegó a tiempo. La chica, viendo que no la respondían, coligió que el señorito no estaba en casa, como de ordinario acontecía, y empujó la puerta. Al hacerlo tropezó con Jáuregui, que retrocedió espantado.
—¡Celedonia!—exclamó fuera de sí.
Gruesas gotas de sudor frío le resbalaban por la frente.