—Ninguna.
—Si alguien te ha insinuado cualquier especie que la desacredite.
—Entonces... a la verdad, no comprendo...
Pasarón guardó silencio y siguió examinando con atención los lomos de los libros. Yo comencé a sentirme embarazado y aún corrido de aquel silencio y tomé la resolución de despedirme bruscamente. Pero Pasarón se volvió de pronto, vino hacia mí y poniéndome una mano sobre el hombro me dijo con grave expresión:
—Escucha, Jiménez; los hombres siguen caminos muy diferentes en el curso de su vida y el de cada cual se halla trazado por su naturaleza misma. Cuando nos apartamos de él sufrimos las consecuencias enfadosas que acompañan a la violación de toda ley natural. El mío se me ofreció bien determinado desde que llegué a la adolescencia. Nadie en el seno de mi familia ni entre las personas que me rodeaban ha dudado de mi vocación. Yo he nacido para esto (apuntando a los libros) y a esto he consagrado mi juventud y consagraré mi vida en adelante. Hasta ahora he marchado derecho a mi objeto y a él he sacrificado, como acabo de decirte, los goces que más nos seducen a los jóvenes; porque bien sabes que si las sirenas cantan dulcemente en todas las edades de la vida, en la nuestra cantan aún con acentos más melodiosos. Ulises, el más sabio y prudente de los helenos, necesitó que le amarrasen con cuerdas y cadenas al mástil del barco para no acercarse a sus praderas esmaltadas de flores. Grandes, colosales esfuerzos de voluntad he necesitado hacer yo, pobre niño arrojado desde los diez y seis años en la corte, para sustraerme a sus instancias. ¡Cuántas veces pasando por delante de los cafés atestados de gente bulliciosa y alegre, contemplando los escaparates repletos de tantos manjares sabrosos al paladar y de objetos preciosos a la vista, mirando iluminadas las puertas de los teatros y a la muchedumbre penetrar regocijada por ellas, cuántas veces sentí mis fuerzas flaquear! Y sin embargo, apartando la vista de aquellas alegrías tan contagiosas y que estaban a mi alcance iba a depositar mis pobres pesetas en algún puesto de libros y a encerrarme en mi oscuro cuarto de estudiante para pasar la noche con la cabeza bajo el hediondo quinqué de petróleo... Pero llegó un día, amigo Jiménez, tú lo sabes bien, en que las sirenas hicieron sonar en mis oídos un canto celestial, un canto al cual ni los mortales ni los inmortales han podido resistir jamás. Y mi corazón se estremeció, la brújula de mi existencia comenzó a dar saltos cual si se le aproximasen raspaduras de acero, todas mis ideas se trastornaron de golpe. El Amor es fuerte como la muerte. Ni hombre ni dios ni su misma madre la hermosa diosa de Chipre han estado jamás a cubierto de sus flechas de oro. El mismo Júpiter, que pretendió aniquilarlo al nacer previendo todo el mal que al universo haría este rapazuelo, se rindió al cabo a sus encantos y le recibió en el Olimpo entre los dioses patricios. ¡Qué mucho que yo me entregase a él atado de pies y manos! Vosotros todos pudisteis apreciar los efectos que en mí causó aquel sueño... Desgraciadamente, los sueños no son de mucha duración. Desperté y en medio del camino de mi vida me hallé como el Dante en una floresta oscura. Me sentí extraviado, perdido, comprendí que aquella pasión me alejaba del polo magnético hacia donde había orientado mi existencia y que jamás conseguiría alcanzar el objeto hacia el cual han tendido mis esfuerzos hasta ahora. Tuve el valor de volverme atrás y buscar de nuevo el sendero que había perdido. No puedes siquiera sospechar la violencia que he tenido que hacerme para ello, cuánta batalla librada en mi cerebro, cuánta noche de insomnio, cuanto desfallecimiento, cuánta lágrima... Pero al fin he vencido. Vuelvo a ser lo que era. Necesito aprovechar el tiempo que he perdido. Mis estudios hasta ahora no han sido verdaderamente serios. Tengo en perspectiva las oposiciones a una cátedra en Madrid, y para conseguir la victoria a mi edad se necesita un esfuerzo casi sobrehumano... Y ahora, amigo Jiménez—añadió después de una larga pausa—, te ruego encarecidamente que no hablemos una palabra más de este asunto. Deploro el disgusto que ha producido mi momentáneo extravío, pero hay que apartar los ojos y el pensamiento de lo que ya no tiene remedio.
Comprendí que era inútil insistir y me callé. Seguimos hablando de libros y al poco rato me despedí de él.
¡Pobre Rosarito!
XI
CÓMO LOS ESPÍRITUS JUGARON UNA MALA PARTIDA A MI AMIGO JÁUREGUI
Mi amigo Jáuregui gastaba el dinero a manos llenas. Su tío el marqués de la Ribera del Fresno era un viejo escéptico, volteriano, que se había ocupado poco de él mientras estuvo bajo su tutela. Ahora, que desde hacía algunos meses había salido de ella, no se ocupaba poco ni mucho.