Me mostró con orgullo algunas ediciones raras de libros famosos. Su adquisición era un poema de habilidad, de paciencia, de esfuerzos heroicos. Al narrarme las peripecias de aquellas jornadas en busca y captura del ambicionado vellocino de oro, las manos de Pasarón temblaban y su voz se alteraba por la emoción.
Confieso que todo aquello me producía un efecto casi cómico. No comprendía su significado interior, que era el de una victoria personal, el recuerdo de una lucha tenaz por la posesión de un objeto para él precioso.
Por otra parte, deseaba llenar mi cometido, cumplir el encargo de Rosarito. Estaba inquieto, impaciente; no sabía por dónde ni cómo embocar el asunto. Y como sucede casi siempre en estos momentos de ansiedad empecé de la peor manera posible.
—Amigo Pasarón—le dije repentinamente—, ayer he hablado con Rosarito.
—¿Rosarito?—me respondió mirándome al través de los lentes con sus ojos apagados, como si aquel nombre no despertase en él recuerdo alguno.
—Sí, con Rosarito. Tu repentino traslado de casa y el modo perentorio con que has cortado las relaciones la ha llenado de estupor. No acierta a comprender qué pudo haberte empujado a esa resolución que no ha tenido preparativo alguno, pues el día anterior a tu marcha nada pudo hacerle sospechar en tus palabras ni en tu actitud que ibas a tomarla. Aparte del sentimiento natural que esto le ha producido, pues tú no puedes dudar de que te quiere, se encuentra en un estado triste de agitación y de duda; toda se vuelve hacer cálculos sobre los motivos que habrás tenido para tan brusca y misteriosa ruptura.
Pasarón cerró el libro que me estaba mostrando y fué silenciosamente a colocarlo de nuevo en su sitio. Temí haberle ofendido con mi repentina interpelación y le dije:
—Comprendo que no tengo derecho alguno a mezclarme en tus asuntos y así se lo hice entender a Rosarito; pero ésta se empeñó en que te hablase fiando demasiado en la buena amistad que siempre me has mostrado... Si te he de confesar la verdad, acepté el encargo por la compasión que me inspira... Está verdaderamente afligida y desea con anhelo saber si te ha ofendido en algo.
—Absolutamente en nada—contestó resueltamente sin volver la cabeza.
—Si tienes alguna duda de su fidelidad.