Llegamos a la tienda sin que yo me hubiese decidido a tocarle el asunto objeto de mi visita. Cuando ya no vi otro remedio, esto es, cuando comprendí que íbamos a separarnos traté de detenerle a la puerta.
—Pasa conmigo—me dijo poniéndome amablemente la mano sobre el hombro—. Te mostraré mi biblioteca.
Entramos en la tienda, me presentó a su dueño y bajamos acto continuo por una estrecha escalera al sótano. Había allí un olor asfixiante a chocolate; como que era el sitio donde se fabricaba. Sacó Pasarón una llave del bolsillo y penetramos en una gran estancia bastante bien esclarecida por algunas claraboyas. Las cuatro paredes estaban revestidas de estantería de pino donde se apilaba una cantidad enorme de libros. Me produjo admiración; pues aunque tenía noticia de que mi amigo adquiría muchos, no podía imaginar que fuesen tantos.
Pasarón gozó un momento de mi sorpresa y paseando una mirada de propietario satisfecho por los estantes me preguntó:
—¿Qué te parece mi biblioteca?
—¡Asombrosa! ¿Cuántos volúmenes hay aquí ya?
—Cerca de cuatro mil.
—No comprendo cómo has podido llegar a esta cifra, si no dispones de más recursos que los que solemos poseer los estudiantes.
—Todas mis economías están aquí. Me he privado durante la carrera de muchas cosas, he engañado algunas veces a mi familia, he fingido enfermedades, hasta he simulado vicios, he sacrificado en fin a esta biblioteca todos los goces de la juventud.
No pude menos de pensar que aquella colección de libros no merecía tan enorme sacrificio, porque estaba lejos de sentir tan furiosa pasión hacia ellos; pero me guardé de expresarlo advirtiendo el deleite, la extraña voluptuosidad con que Pasarón los contemplaba.