El encargo de conferenciar con Pasarón acerca de este delicado asunto no era placentero. En primer lugar, yo no tenía derecho alguno a mezclarme en él, puesto que no era pariente de Rosarito ni me ligaba con José Luis una amistad muy íntima. Verdad que vivíamos en la misma casa y nos tratábamos con bastante familiaridad, pero nuestra intimidad era puramente accidental e impuesta por las circunstancias. No estudiábamos la misma Facultad, no éramos paisanos, y sobre esto Pasarón me llevaba tres o cuatro años de edad y muchos grados de superioridad intelectual.

Además, debo confesarlo, Pasarón era un joven de trato fácil y correcto; pero no lograba inspirar confianza. Sus palabras y ademanes eran suaves y afables; rara vez contradecía y cuando se veía obligado a hacerlo era siempre guardando excesivos respetos: aun en las más vivas discusiones con Moro jamás se descomponía. Y sin embargo, todos advertíamos secretamente que le faltaba cordialidad. Fuese por virtud de un temperamento nativamente frío o por la distracción que engendraba en él su absorbente pasión por el estudio, no hallábamos en él ese gracioso abandono que en la edad juvenil hace tan grata y tan firme la amistad. No parecía que en esta reserva tuviese parte su reconocida superioridad, porque repito que era un hombre afable y modesto, pero se echaba de ver pronto su indiferencia hacia las personas y su desdén por los asuntos que no tocasen directamente a sus estudios.

Me dirigí, pues, a su casa con poca gana y solamente arrastrado por la promesa que había hecho, quizá demasiado ligeramente, a mi afligida vecinita. Cuando ya iba a tirar del cordón de la campanilla, abría Pasarón la puerta para salir a la calle.

—¿Tú por aquí?—me dijo mostrando alegría y apretándome afectuosamente la mano.

—Veo que la visita es importuna.

—Nada de eso. Si quieres entraremos y pasaremos a mi cuarto. No tengo prisa.

Como esto debía contrariar sus planes le respondí:

—No; mejor será que te acompañe hasta el sitio donde te dirijas y así podremos charlar unos momentos; te haré la visita al aire libre... Por supuesto, en el caso de que esto no sea una indiscreción...

—Ninguna—replicó satisfecho—. Voy solamente al almacén a dejar estos libros.

Llevaba un paquete de ellos en la mano. Salimos, pues, a la calle, que era la de la Montera, y siguiendo la de Jacometrezo y pasando por la plaza de Santo Domingo entramos en la de San Bernardo, donde se hallaba el almacén que había mencionado. Entonces me enteré de que un comerciante de productos alimenticios paisano suyo y muy relacionado con su familia le había cedido una habitación en el sótano de su casa para guardar los muchos libros que ya tenía.