Otra vez Rosarito volvió a romper en sollozos, mostrando claramente que Dios todavía no le había concedido el don de la fortaleza. Al cabo de unos momentos levantó de nuevo la cabeza, se secó las lágrimas y prosiguió:
—Pero si puede quejarse de mí por algún motivo o alguien se lo ha hecho creer, me parece que tengo derecho a saberlo.
—¿No se lo ha preguntado usted por carta?
—Sí; me ha contestado con cuatro líneas. No es bastante. Quiero saberlo de un modo más claro. Ese favor vengo a pedir a usted suplicándole me perdone el atrevimiento. Me dirijo a usted con preferencia a los demás amigos, porque me inspira usted más confianza que ninguno. Además, me consta, porque se lo he oído muchas veces, que José Luis le estima a usted de veras y estoy segura de que le escuchará con respeto y satisfará a sus preguntas.
—Agradezco mucho su confianza, que me esforzaré en merecer, pero se me figura, Rosarito, que padece usted un error. José Luis no es hombre pródigo de estimación y no creo que haya malgastado demasiado en mí. Sin embargo, para dar a usted una prueba de la afectuosa amistad que me inspira, estoy dispuesto a conferenciar con Pasarón a riesgo de sufrir algún desaire.
—¡Dios se lo pague!—exclamó la pobre niña estrechando fuertemente mi mano.
Pocas más palabras hablamos. Rosarito, enternecida de nuevo, lloraba.
—¿Sabe usted, Rosario—la dije al cabo—, que si su mamá se enterase del paso que acaba de dar la enviaría a usted lo menos por quince días a la Piñata?
Rosarito levantó la cabeza y sonriendo al través de sus lágrimas, exclamó:
—¡Pobre mamá!