—Ya estará usted enterado de que José Luis...

—Sí, sí; ya sé que se ha portado con usted de un modo bien poco correcto.

—No me quejo. Ningún compromiso formal había contraído conmigo. Nuestras relaciones han sido como las de tantos otros novios que comienzan y se rompen con igual facilidad. Usted ha sido testigo del comienzo de ellas. Me dijo que me quería y yo le entregué mi corazón. Quizá alguno de ustedes me habrá tildado de presuntuosa, porque es evidente que nuestras posiciones son muy distintas. El es hijo de una familia rica, un joven de extraordinario provecho y gran porvenir; yo no soy más que una pobrecita huérfana que necesita vivir del trabajo de sus manos... Pero le juro por la sagrada memoria de mi padre que al aceptar sus relaciones no me ha movido cálculo alguno de interés. Me sentí atraída hacia él desde que le conocí. Luego, su trato tan cortés, tan dulce; su talento, que ustedes mismos admiran, me llegaron a seducir. Le quise entrañablemente... le quise como no es posible querer más..., le quise, le quise y ¿por qué no he de confesarlo si es verdad? ¡le quiero todavía con todo mi corazón...!

Aquí Rosarito rompió a sollozar. Yo, fuertemente impresionado, traté de calmarla.

—Tranquilícese usted, Rosario... Acaso no sea más que una mala inteligencia... Seguramente harán ustedes las paces.

—Perdóneme usted... Comprendo que le estoy molestando... No, no espero nada. Estoy segura de que hemos concluído para siempre... Y después de todo ¿qué tiene de particular? ¿Qué importa que una pobre chica se enamore de un hombre, y que este hombre no le corresponda y que sufra, y que llore, y que enferme? Es cosa que se está viendo todos los días.

—Importa mucho, Rosario. Los empeños del corazón deben ser más sagrados aún para el hombre que los que están amparados por la ley. Yo he sido testigo de sus amores como lo han sido mis compañeros; todos sabemos que José Luis entraba en casa de ustedes como un prometido oficial, como una persona de la familia...

—Es cierto; yo había depositado en él toda mi confianza y mamá le consideraba ya como un hijo... Pero yo estaba ofuscada y mamá lo estaba también. ¿Cómo hemos podido tan pronto hacernos la ilusión de que un joven de la posición y del mérito de José Luis iba de buenas a primeras a ligar su suerte a la de una pobrecilla desvalida, a una miserable artesana?

—¡Rosario, es usted exageradamente humilde!

—Nada, nada; ha sido una verdadera aberración por nuestra parte... Pero no se trata ahora de eso. Un sueño es un sueño y la claridad del día lo disipa. Lo único que me importa en este momento es saber si la ruptura de nuestras relaciones ha sido por su parte una resolución espontánea o si ha sido inducido a ella por alguna falta que yo haya cometido sin darme cuenta o por algo que contra mí le hayan dicho. En el primer caso me resigno con mi suerte. Que no se me hable, que se me deje tranquila y Dios me dará fuerzas para soportar mi dolor...