En efecto, era de nuestro amigo, y aunque venía dirigida a Moro como huésped más antiguo, el contenido estaba dedicado a todos. Se despedía de nosotros con palabras corteses y bien aliñadas. Yo eché de menos en su misiva un poco de cordialidad y franqueza. Pienso que los demás opinaron lo mismo, pero nadie lo expresó en voz alta y se dieron por satisfechos en la apariencia. La prueba mejor de que este sentimiento latía en todos los corazones al mismo tiempo, fué que se habló poquísimo de Pasarón aquel día y en los siguientes casi nada.

Doña Encarnación me comunicó después confidencialmente que había roto bruscamente sus relaciones con Rosarito enviándole una carta fría de despedida como había hecho con nosotros. La pobre niña había experimentado un disgusto tan fiero, que había caído enferma en la cama. En vista de ello no intenté siquiera subir a su cuarto. Bruno Mezquita y su primo, que se aventuraron a hacerlo, no fueron recibidos.

Así transcurrieron algunos días, cuando una mañana al llegar de la Universidad salió a abrirme la puerta la misma Doña Encarnación. Observé en su rostro señales de preocupación. Me tomó de la mano con cierto misterio y hablándome en voz baja, casi imperceptible, me dijo:

—Tiene usted en su cuarto una visita.

—¿Una visita?, ¿quién es?

—Entre usted; ya lo verá.

Seguí por el corredor lleno de curiosidad, abrí la puerta del gabinete y vi sentada en el sofá a Rosarito. Se puso en pie vivamente y una sonrisa de vergüenza y confusión se dibujó en sus marchitos labios. Porque estaba realmente desfigurada. Era cosa asombrosa que unos cuantos días de enfermedad dejasen huellas tan visibles en su rostro.

—Perdone usted esta visita que no podrá menos de importunarle—me dijo con voz apagada.

—Usted no puede importunarme jamás, Rosarito—me apresuré a decirle, apretándole la mano—. Siéntese y dígame en qué puedo servirla.

Se sentó de nuevo y ruborizándose aún más de lo que estaba, empezó a balbucir: