—Sabrás—me dijo este último sentándose a la mesa—que nuestro sabio amigo nos ha dejado.

—¿Pasarón se ha ido?—pregunté sorprendido.

—Sí; Pasarón nos ha soltado con la misma indiferencia con que echaría a un lado una edición moderna del Quijote impresa en Barcelona con muchas erratas.

Entonces levanté la cabeza interrogando con los ojos a Doña Encarnación.

—Esta tarde, poco después del almuerzo, me pidió su cuenta y me dijo que se trasladaba a otra casa donde está de huésped un primo hermano suyo porque su familia así lo quiere. Comprendí que era un pretexto y le pregunté si estaba descontento del servicio o de los huéspedes. Me respondió que no y hasta me aseguró que se marchaba con gran sentimiento, que todos ustedes le eran muy simpáticos, que se hallaba muy satisfecho del trato que yo le daba... Pero, en fin, lo cierto es que se ha ido. Hace un momento que ha venido un mozo de cuerda por su equipaje.

Guardamos silencio todos por unos instantes. Al cabo, Bruno Mezquita profirió en voz baja con señales de irritación:

—La verdad es que la cortesía no parece por ninguna parte.

—La cortesía, amigo Bruno—respondió Moro—, no tiene el mérito de haber estado tres siglos llena de polvo y telas de araña en el archivo de algún convento. Por lo tanto, no hay que hacer caso de ella.

Sin embargo, antes de que hubiéramos terminado de comer, llamaron a la puerta y Doña Encarnación entregó a Moro una carta que para él traían.

—La letra es de Pasarón—dijo éste echando una mirada al sobre—, por lo tanto, le devuelvo la honra que le he quitado.