Era cosa divertida contemplar a nuestro sabio amigo departiendo en un rincón con Rosarito. Aquellos vivos colores que habían nacido en las mejillas de ambos en el punto en que se conocieron allí habían quedado fijos. Lo único que hacían era cambiar un poco de intensidad, pero siempre compensándose. Unas veces eran las mejillas de Rosarito donde el rojo se ostentaba más brillante, otras eran las de Pasarón.

A nadie podía ofrecer duda que los dos se hallaban profundamente enamorados. Sin embargo, Bruno Mezquita, que pretendía ejercer el monopolio de la seducción, se autorizaba el dudarlo; sonreía compasivamente cuando se tocaba a este punto, dando a entender con esta sonrisa que, en su opinión, Rosarito se hallaba aún bajo la influencia del sueño hipnótico que él la había comunicado.

¡Falso de toda falsedad! Rosarito no sólo le miraba con profunda indiferencia, sino que se había negado a dejarse dormir por él nuevamente. Si algo lograba magnetizarla ya era el brillo de los lentes de Pasarón. Y si esto no era bastante, ¿cómo escapar al influjo de unos sáficos adónicos y una silva en verso blanco, estilo horaciano, que aquél había compuesto en su honor? En estas composiciones de clásica inspiración la llamaba Lidia en vez de Rosarito y hablaba del fuego de Vesta, de las umbrosas faldas de Helicona, del Pindo, de Febo y de los Dióscoros.

X
EN QUÉ PARÓ EL IDILIO CLÁSICO DE MI AMIGO PASARÓN

Terminamos al fin nuestro curso académico. Todos los huéspedes de la casa de la calle de Carretas salieron airosamente de los exámenes: algunos con extraordinaria brillantez. Pasarón obtuvo el premio extraordinario del doctorado de Letras y Moro el de la licenciatura de Derecho. Luego nos diseminamos marchando cada cual a reunirse con su familia. La del general Reyes se fué a veranear a San Sebastián.

Sin embargo, Pasarón, con pretexto de consultar algunos libros y manuscritos de la Biblioteca Nacional para su discurso del doctorado, permaneció más tiempo en Madrid; pero al cabo también se fué en los últimos días del mes de julio para volver en los primeros de septiembre. En los cuarenta y cinco días que residió en su tierra envió a Rosarito cuarenta y cinco cartas, alguna de las cuales tuve ocasión de ver más adelante. Por el aliño y la galanura de la dicción, tanto como por la nobleza de los pensamientos, estas misivas, aunque del género amoroso, serían si se publicasen de tan sabrosa lectura como las de Plinio el Joven.

Aquel idilio clásico prosiguió tan suave como una égloga de Virgilio y tan vehemente como una elegía de Tíbulo. Pasarón dejaba transcurrir las horas dulcemente al lado de Rosarito viendo cómo sus dedos ágiles imprimían en relieve sobre la batista guirnaldas de hojas y flores. Y cuando los respetos sociales le obligaban a apartarse un mínimo espacio de tiempo, era todavía para sentarse en el comedor al lado del balcón con un libro en la mano, que recibía menos de la mitad de las miradas que la ventana de la bordadora.

Y en verdad que ésta merecía tan rendida pasión. En este punto todos estábamos de acuerdo. Rosarito, por su carácter dulce y humilde, por la bondad que reflejaban sus ojos, por el timbre insinuante y afectuoso de su voz había conseguido cautivarnos a todos. Se empezaba admirando a su hermana y se concluía por prendarse de ella. Por eso nada nos sorprendía el amor de Pasarón; y aunque su manera de expresarlo nos pareciese ridícula, lo aprobábamos de todo corazón y deseábamos que terminase felizmente.

No obstante, Sixto Moro se autorizaba algunas dudas; nos decía riendo que los amores de Pasarón eran una pasión greco-romana y que, más tarde o más temprano, concluiría por la intervención fatal y dolorosa del Destino, como las tragedias clásicas.

Esta broma profética se verificó desgraciadamente. Cuando llegué a casa una tarde a la hora de comer hallé a Doña Encarnación profundamente consternada; la criada también parecía estarlo; en los rostros de los Mezquita, de Albornoz y del mismo Sixto Moro se percibían igualmente señales de mal humor.