El embarazo de todos era grande. Moro, principal responsable de aquella escena, supo no obstante disiparlo al cabo iniciando una conversación indiferente que pronto, con sus habituales donaires, se convirtió en jocosa. Doña Enriqueta permaneció todavía algún tiempo silenciosa y enfoscada, sin querer tomar parte en ella. Pero Moro, como profundo psicólogo que era, logró, cuando menos se esperaba, desarrugarla por medio de una pregunta habilísima.
—Diga usted, Doña Enriqueta (y perdone si la pregunta es indiscreta), ¿la Piñata es una prisión de la Habana?
La poderosa y alta señora, al escuchar tal disparate, se dignó sonreír levemente y respondió con graciosa condescendencia.
—No, querido, la Piñata no es una prisión. La Piñata era un ingenio de poca importancia, pues no trabajaban en él más de doscientos esclavos, que mi papá poseía bastante lejos de la Habana. Era el sitio donde acostumbraba a confinarnos cuando alguna de nosotras cometía alguna falta que mereciese castigo. Nos enviaba a allá con algunos criados y nos tenía varios días desterradas sin gozar de ninguna de las diversiones de la capital. Para nosotras era un castigo terrible, sobre todo cuando sucedía que por aquellos mismos días hubiese un baile en la Capitanía o en el palacio de los marqueses de la Reunión.
Por qué ocultos y silenciosos pasos, a partir de esta escena, se introdujo el amor en el alma erudita y bibliográfica de nuestro amigo Pasarón, es cosa que nunca podrá saberse. Fué un hecho averiguado pronto por todos nosotros, por nuestra patrona Doña Encarnación, por la misma Doña Enriqueta, cuya cabeza a larga distancia de la tierra parecía traspasar las mismas nubes y vivir solamente en relación con sus alcázares flotantes. Pero fué asimismo una sorpresa para todos.
Pasarón comenzó a subir a la buhardilla con notable regularidad, con la misma asiduidad que si allí existiese una biblioteca de veinte mil volúmenes y entre ellos algunos raros y preciosos. Y sin embargo, en aquel cuartito yo no había visto más libros que dos novelas sentimentales con la pasta deteriorada y las hojas grasientas. Si se forzase la cerradura de los cajones de la cómoda que existía en la alcoba de las niñas y la del viejo armario de Doña Enriqueta, seguro estoy de que no se encontraría tampoco ningún incunable, sino tal vez tres o cuatro devocionarios y la novena de Santa Rita de Casia.
No sólo ejecutaba estas maniobras, que contrastaban con sus antiguos hábitos de estudio y retiro, sino que ponía en práctica aun otras más insólitas entrando y saliendo infinitas veces en el comedor, desde cuyos balcones se veían las ventanas de las bordadoras y espiando a éstas por detrás de los visillos.
En suma, a los pocos días Pasarón había conquistado el corazón de Rosarito y ésta era señora absoluta del albedrío de Pasarón. Pocas veces se había visto unos novios más tiernos y acaramelados; pero pocas también más grotescos.
Pasarón, por completo ignorante de los artificios con que el amor se vela y de los usos consagrados por todos los novios que hasta ahora han sido en el mundo, se mostraba tan extravagante en sus pasos y ademanes, que nos hacía reír a carcajadas. Era ridículo como un salvaje del Africa del Sur, que para saludar a sus amigos se arroja al suelo y se palmotea las nalgas.
Si Pasarón a la vista de Rosarito no hacía otro tanto, poco le faltaba. Causaba risa, sin duda, pero compasión también ver a aquel joven de tan superior inteligencia colocado en tan ridículas actitudes. Aunque si bien se hurgase en el fondo de nuestra alma quizá se hallasen huellas de cierta malévola alegría. Porque en el fondo de casi todos, sino de todos los seres humanos, se alza un grito más o menos clamoroso contra la superioridad ajena y nos place verla humillada.