Ignoro cómo Moro se arregló para convencerle, pero el hecho fué que al cabo cedió a ser presentado. Designóse para tal ceremonia la noche de un sábado, pues alguna que otra vez, no siempre, Pasarón se autorizaba en estas noches apartarse algunos momentos de sus libros y dar una vueltecita por las calles.
Una vez fijado el día, Moro hizo que Bruno Mezquita durmiese a Rosarito y le ordenase lo siguiente: Cuando mañana sea presentado en esta casa nuestro amigo José Luis Pasarón, usted al verle entrar se levantará de la silla, se dirigirá a él, le tenderá la mano y le dirá: «Buenas noches, señor Pasarón. ¡Cuánto me alegro de ver a usted por aquí! Es usted el joven más guapo y más simpático de la casa.»
Aprovechamos un momento en que Doña Enriqueta se ocupaba en freír algo allá en la cocina para que Bruno durmiese a Rosarito y le intimase la orden. Lolita quiso protestar, pero la argüimos que era una inocente broma sin consecuencia alguna y la permitió, no sin haberle prometido descubrirla después al mismo Pasarón.
Subió éste por fin, con poquísima gana, al cuartito de las bordadoras. Veíamos claramente que necesitaba hacer un esfuerzo grande sobre sí mismo para vencer su imponderable timidez. Es seguro que en el fondo le halagaba la visita, porque asomadas a las ventanas y de refilón en los pasillos de la casa había tenido ocasión de ver aquellas lindas muchachas, y al fin era hombre y tenía pocos años; pero la idea de verse frente a frente de ellas le sobrecogía.
Moro y yo subimos con él. Ya estaban en la salita acompañando a las bordadoras y a su magnífica mamá nuestros amigos los Mezquita y Albornoz.
Cuando entramos yo clavé mis ojos en Rosarito, que se hallaba sentada al lado de su madre, y observé con viva curiosidad que se ponía fuertemente colorada. Después la vi agitarse en la silla, bajar la cabeza, levantarla, mirar con ojos extraviados a todas partes; por último, como movida por un resorte, alzóse del asiento, y tendiendo la mano al nuevo visitante repitió con voz alterada las palabras mencionadas.
Pasarón se puso aún más rojo que ella, lo que realmente parecía imposible, y balbució algunas palabras que no pudimos entender. Pero Doña Enriqueta se irguió como si la hubiesen pinchado, se puso en pie desplegando su majestuosa figura, que nos dominaba a todos, y sacudiendo a su hija por un brazo profirió con voz irritada.
—¡Cómo! ¿Qué palabras son esas? ¿Te parecen dignas de una joven bien educada? ¿Dónde está la modestia y el recato que te ha enseñado tu madre? Si mi papá te hubiera escuchado en este momento te hubiera enviado a la Piñata lo menos por ocho días... Pida usted ahora mismo la bendición... ¡y a la cama!
Rosarito, en un estado de alteración indescriptible, cruzó los brazos sobre el pecho y pidiendo la bendición a su mamá, en la forma que al parecer usan los niños en Cuba, se retiró a la alcoba sollozando perdidamente.
Lolita, roja también y alterada, nos dirigió una mirada suplicante de angustia y se llevó el dedo a los labios implorando nuestro silencio. Se lo concedimos de buen grado porque comprendimos que la broma no era tan inocente como habíamos imaginado y podía traer consecuencias enfadosas. Doña Enriqueta se hallaba fuertemente excitada, y necesitó hacer un gran esfuerzo sobre sí misma para saludar a Pasarón. De todos modos lo hizo tan fríamente y en actitud tan altanera, que aquél, confuso y tembloroso, dirigía miradas ansiosas a la puerta mostrando vivos anhelos de emprender la fuga.