Cierto, Bruno Mezquita se dedicaba desde hacía algún tiempo a magnetizar a todos los adultos que se prestaban a ello.
El hipnotismo, recientemente importado del extranjero, se hallaba como novedad en plena boga. En todas les reuniones de la clase media, a falta de otros atractivos, los tertulios se hipnotizaban los unos a los otros; los jóvenes dormían a las jóvenes y hacían con ellas pruebas maravillosas; los maridos dormían a sus esposas y pretendían descubrir sus pensamientos más íntimos.
Era un entretenimiento agradable que a veces no resultaba perfectamente honesto.
Habíamos vuelto a los buenos tiempos del mesmerismo. Así que entrábamos en cualquier tertulia no era raro hallar a un joven magnetizador sentado enfrente de la niña de la casa o de cualquiera de sus amiguitas, las rodillas tocando con las rodillas, los ojos fijos sobre sus ojos, las manos sobre el epigastrio, haciendo pases y describiendo semicírculos con los dedos. Esta faena interesante, que provocaba gritos de admiración reprimidos, terminaba algunas veces en la Vicaría, otras, en el juzgado de guardia.
Digo que Bruno Mezquita, atacado de furor hipnótico, se empeñaba en dormir a cuantas personas estaban a su alcance. Había intentado dormir a su primo sin resultado alguno, después a Doña Encarnación, a Pepito Albornoz, a la criada y a mí mismo con idéntico éxito. La criada fué la única persona que pareció ceder un poco a la influencia de su mirada fascinadora. No era extraño, porque se levantaba demasiado temprano. Pero a las preguntas capciosas que Bruno le dirigía con voz insinuante y misteriosa sólo contestaba con ronquidos estridentes. Y no se pudo obtener de ella otra cosa.
Con Rosarito acaeció algo muy distinto. Esta joven, si no era histérica, tenía por lo menos un temperamento neurópata, como se adivinaba fácilmente por su aspecto, y fué un sujeto admirablemente adecuado para la experiencia hipnótica.
Bruno quiso volverse loco de alegría al poder realizar con ella los experimentos que había leído en los libros o había oído en la cátedra. Como hombre de ciencia, sabía a qué atenerse en lo referente al flúido magnético. Esta antigualla estaba desechada. Se conocían en la escuela de San Carlos los trabajos de Faria, de Braid y de otros, y el sueño hipnótico no se producía como el vulgo imaginaba arrojando puñados de flúido a los ojos, sino por la sugestión o por el cansancio de la vista.
Rosarito a los pocos días llegó a dormirse sólo con ponerle la mano sobre la frente y decirle en tono imperativo: «¡Duerma usted!» No solamente contestaba a las preguntas del hipnotizador, sino que obedecía a sus mandatos. Le ordenaba, por ejemplo, frotarse las manos, diciéndole: «No puede usted ya detenerse.» Y la pobre chica continuaba frotándolas sin tregua, a pesar de todos los esfuerzos de su voluntad. Ejecutaba con ella las sorprendentes sugestiones sobre el gusto y el olfato, tan conocidas en el mundo extracientífico, haciéndole morder una patata cruda con la misma delicia que si fuese un fragante albaricoque o dándole a beber agua por jerez. Llegó también a producir con ella durante el sueño hipnótico las aún más sorprendentes sugestiones visuales, verdaderas alucinaciones en que trocaba a las personas, hablando a su madre como si fuese Doña Encarnación o dirigiéndose a Albornoz como si fuese su hermana Lolita.
Pero lo que más nos sorprendía era que ejecutaba las órdenes del hipnotizador no sólo inmediatamente después de despertar, sino a distancia, esto es, uno o dos días después. Le decía Mezquita: «Mañana, a las doce, abrirá usted la ventana y sacará usted la mano fuera para cerciorarse si llueve.» Y en efecto, a la hora indicada y a presencia de nosotros, que la espiábamos desde nuestro comedor, Rosarito abría la ventana y extendía el brazo para ver si llovía, aunque no hubiese una nube en el firmamento.
Estos últimos experimentos hicieron surgir en la mente de Sixto Moro la idea de dar una broma a nuestro amigo Pasarón. Era el único de los huéspedes que no había subido aún a casa de las bordadoras. Se lo habíamos propuesto diferentes veces, pero siempre se negó a ello resueltamente, a mi entender no sólo porque esto podía distraerle de sus estudios incesantes, sino porque, como la mayoría de los sabios, era de una extremada timidez con las mujeres.