—Mi ingenio está pasado ya de puro viejo, pero el tuyo es una verdadera novedad, de la cual ni Jiménez ni yo teníamos la menor noticia. Venga, pues, alguna gracia para compensarnos del mucho tiempo que nos has estado privando de ellas.
Bruno Mezquita se enfurruñó todavía más y murmuró algunas frases impolíticas que Moro y yo hicimos ademán de no escuchar.
Rosarito, que era dulce y amable más que su hermana, atajó la disputa.
—Bruno es una persona muy agradable que se esfuerza en hacernos pasar bien un rato sin presunción alguna.
—Todos lo sabemos, señorita—replicó Moro inclinándose—; pero yo sé también por qué sale usted con tal solicitud a su defensa.
—¿Por qué?—dijo la niña ruborizándose.
—Porque la magnetiza.
—Sí que me magnetiza—manifestó Rosarito, ruborizándose todavía más—. ¿Y cómo sabe usted eso?
—Porque Bruno es un hombre excesivamente cargado de flúido y no puede menos.