Por razones de delicadeza que todo el mundo comprenderá, hubiera sido procedente que su familia le enviase uno de los seiscientos esclavos para guisar el bacalao.

Las niñas eran extremadamente simpáticas. Lolita, una linda morena de ojos vivos y picarescos, toda alegría y movilidad. Rosarito, morena también, pero del género sentimental, con grandes círculos azulados en torno de los ojos, lánguidos ademanes y aspecto un poco enfermizo. No era hermosa como su hermana, pero nadie con justicia pudiera llamarla fea.

Naturalmente, Bruno Mezquita, su primo Manolo y Pepito Albornoz cayeron a los pies de la primera, le rindieron pleitesía y le dedicaron una fervorosa adoración, que en Pepito Albornoz adquirió caracteres alarmantes. En el espacio de quince días perdió tres kilos de peso. Verdad que después ganó dos; pero inmediatamente perdió uno y así sucesivamente. Siendo cada vez mayores las salidas que las entradas llegó a fin de curso con la piel y algunas piltrafas.

Doña Encarnación estaba desesperada porque su mamá le había recomendado con lágrimas en los ojos el cuidado de su alimentación. ¿Qué iba a decir al verle llegar tan desnutrido? Pensaría que no le daba de comer más que lechugas. Doña Encarnación maldecía del momento en que había tenido la ocurrencia de presentarle en casa de las bordadoras.

Lolita gozaba recibiendo el incienso de sus devotos, tenía para cada uno una palabrita amable o una bromita salada, pero no acababa de entregar el corazón a ninguno, como un niño que se encuentra enfrente de tres pastelitos y no sabe por cuál optar. Hubiera preferido comerse los tres, claro está, pero comprendía que esto no era posible. Después que Sixto Moro y yo fuimos presentados, tal vez nos hubiera engullido también de buen grado a juzgar por las miradas rapaces que nos dirigía. Esto era más imposible aún, porque repito que Sixto y yo llevábamos ambos clavado en el corazón un dardo envenenado.

Bruno Mezquita, su primo y Albornoz no se sintieron regocijados con nuestra llegada: disimulaban su malestar difícilmente. Los tres pensaban que íbamos a competir con ellos en el corazón de Lolita. Pero el primero se sentía más molesto que los otros porque ejercía en aquellas alturas el monopolio del humorismo. No se hartaba Doña Encarnación de celebrar lo bien que se pasaba allá arriba con sus chistes y sus invenciones felices. Unas veces haciendo juegos de manos, otras con disfraces cómicos, otras narrándoles historias graciosas o haciéndoles reír con dichos agudos, tenía, al parecer, casi siempre en grata suspensión a la tertulia.

Así que aparecimos nosotros se encerró en una hosca reserva, donde se advertía el mal humor y la inquietud. Desde luego que esta actitud no era yo quien la provocaba, sino Sixto Moro, hacia el cual sentía un miedo vecino del terror.

Pasado largo rato sin que dejase advertir su presencia, Moro le clavó una mirada risueña.

—¿Qué es eso, Bruno; cómo no das suelta ya a ese raudal de chistes con que alegras esta tertulia todas las noches?

—Esperamos que tú sueltes el tuyo—respondió de malísimo talante Mezquita.