Esta interesante descripción del carácter y costumbres de su único hermano fué interrumpida desgraciadamente por la aparición de un gato que llevaba en la boca un trozo de bacalao. Verlo Doña Enriqueta, exhalar un gemido lastimero, que nos hizo dar un salto, y lanzarse en su persecución fué todo uno.
Pero el gato no estaba en humor de dejarse atrapar y comenzó a saltar de un rincón a otro y por fin se escapó de nuevo a la cocina, que era el paraje mismo donde había perpetrado su crimen.
—Mamá, ¿qué le vas a hacer ya?—exclamó avergonzada Lolita.
—¿Qué le vas a hacer tú, estúpida, cuando te quedes sin cenar?—gritó enfurecida Doña Enriqueta, clavando en su hija una mirada iracunda.
—¡Mamá!—exclamaron a un tiempo las dos niñas.
Entonces Doña Enriqueta hizo un esfuerzo inverosímil sobre sí misma y recobró súbito toda su majestad.
—¡Pobrecito! Dejarle que se regale un poco esta noche... Después de todo no tiene la culpa él, sino yo, que me he olvidado de guardar el pescado.
—Lo mejor que podías hacer—manifestó Lolita, que continuaba ruborizada—es ir a guisarlo.
La mamá alzó la cabeza como hubiera hecho la reina Isabel de Inglaterra en su caso, dirigió una larga y seria mirada a su hija y, por fin, giró lentamente sobre sus talones y salió con dignidad por el foro.
Pocos minutos después se sintió el chirrido del aceite y llegó a nuestra nariz su ingrato olor peculiar.