Con esto doña Enriqueta me miró aún con más benignidad.
—En lo que se refiere a la condición es posible que no esté usted equivocado, porque los trabajos a que se dedican les impiden toda instrucción, aún la religiosa. Yo, sin embargo, he trabajado muchísimo y con buen éxito por inculcarles las ideas más necesarias para nuestra salvación eterna. Logré de mi papá que todos los viernes les dejasen una hora de descanso, en la cual yo les explicaba el catecismo. También conseguí que se celebrase los domingos una misa al aire libre para que la negrada la oyese. Yo misma preparaba el altar y lo adornaba con flores que hacía cortar de nuestro jardín... Porque teníamos un jardín... ¡qué jardín, madre mía! Era casi tan grande como el parque del Retiro y mucho mejor cuidado. El jardinero que dirigía los trabajos había estado en Inglaterra al servicio del príncipe de Gales y había logrado cultivar tal número de flores, tan raras y tan hermosas, que no se celebraba ningún baile aristocrático en la Habana sin que viniesen a suplicarnos que les cediésemos algunas cestas de ellas. Pero yo prefería enviarlas a las iglesias y que adornasen el altar de nuestra capilla. Por esta razón, mis hermanas se reían de mí y me llamaban siempre la monjita, aunque mis papás las reprendían; porque yo era la niña mimada de la casa. Mi mamá decía muchas veces: «—Todas vosotras juntas no valéis lo que vale mi Enriqueta.» Y el obispo de la Habana, una vez que vino a visitarnos, me dijo: «—¡Enriqueta, eres un apóstol!»—y me dió particular y especialmente su bendición.
Yo estuve también por dársela y marcharme después de hacerlo; pero como no era obispo y pudiera interpretarse mi conducta como una usurpación de funciones, resolví quedarme quieto.
—En cuanto a la raza, no puedo estar conforme con usted—prosiguió Doña Enriqueta—. Entre la gente de color se encuentran tipos de una inteligencia muy despierta. Las dos doncellas que yo tenía a mi servicio (porque mi papá quería que cada una de sus hijas tuviese dos doncellas) eran mulatas y no puede usted figurarse qué rara penetración la suya. En los ojos me adivinaban los pensamientos. Si observaban que tenía deseos de dormir, bajaban los estores silenciosamente, me ponían un cojín debajo de la cabeza y comenzaban a darme aire con los abanicos; si venía de algún baile un poco agitada, en seguida notaban mi inquietud y a los pocos momentos me servían una tacita de tila con azahar; si comprendían que una visita me era molesta se presentaba una de ellas previniéndome que mi papá me hacía llamar, y de este modo me permitían salir de la habitación...
—¡Qué lástima!—exclamó Sixto Moro.
—¿Cómo lástima?—preguntó Doña Enriqueta.
—Sí; qué lástima y qué tristeza para aquellos señores el verse privados tan pronto de su presencia.
—Muchas gracias, es usted muy galante—replicó Doña Enriqueta, y prosiguió inmediatamente—. El cochero que yo tenía era cuarterón: un hombre muy notable; un verdadero talento. Ya quisieran aquí en Madrid el Duque de Osuna o el de Fernán Núñez tener un hombre parecido a su servicio. Jamás he sufrido un percance con él, y eso que mi tronco de caballos era de lo más vivo y rozagante que pudiera verse; como que lo había comprado mi papá en Nueva York a un banquero inglés que levantaba su casa y se marchaba a Italia, porque no le sentaba bien el clima de los Estados Unidos. En cambio, dos de mis hermanas han tenido más de un accidente con los suyos... Porque cada una de nosotras tenía su coche y su cochero. Mi papá no quería que hubiese disputas entre nosotras sobre las horas de paseo o de tiendas, y deseaba que cada cual pudiera salir con su doncella cuando quisiese sin verse obligada a esperar por las otras.
—¿Y cuántas eran ustedes, si la pregunta no es indiscreta?—dijo Moro.
—Éramos cuatro hermanas y un hermano. Éste era un calavera deshecho y no sólo tenía coche, sino varios caballos de silla; pero no hacía caso; en vez de usar el suyo se apoderaba de cualquiera de los nuestros, porque se complacía en hacernos rabiar. ¡Qué cabeza! Pero tenía mucho ángel, como aquí se dice: todo el mundo le quería en la Habana; nosotras mismas, a pesar de sus bromitas, le adorábamos. Verdad que era generoso y espléndido como nadie. Cuando nos había enfadado un poco más de lo ordinario, para ponernos contentas nos traía cualquier regalito, una sortija, un relojito de oro, unos peinecillos de concha...