Doña Enriqueta acogió con benignidad los homenajes del nuevo devoto, como no tardó en hacérnoslo saber el mismo interesado. Pepito Albornoz, que ardía en ansias de obtener el mismo honor, alentado por estos precedentes, no tardó mucho en conseguirlo, merced igualmente a la graciosa intervención de nuestra patrona. Por último, ésta, en un rapto de su inagotable caridad, encarándose con Sixto Moro y conmigo, nos dijo:
—¿Qué es eso? ¿No quieren ustedes que les presente en casa de mis amiguitas como a estos señores?
Sixto Moro y yo nos miramos y en los labios de uno y otro se esbozó la misma sonrisa. Porque admirábamos la belleza de aquellas niñas, sobre todo la de Lolita, que era en realidad quien lo merecía, mas sus gracias no habían logrado causar un efecto mortífero en nuestro corazón. Sixto Moro tenía el suyo prisionero en otra parte, y el mío yacía también por los mismos parajes maltrecho y ensangrentado.
Nos mostramos, sin embargo, agradecidos, dimos nuestro asentimiento, y, en efecto, a la noche siguiente fuimos presentados en el casto asilo de las bordadoras con toda la solemnidad que el caso requería.
Era un verdadero nido de golondrinas, una casa de muñecas. Se componía de una salita de regulares dimensiones, dos alcobas para la mamá y las niñas, un comedorcito, en él un pequeño agujero para el chiquillo, y una cocina.
Doña Enriqueta nos acogió con gravedad benévola. Era una señora de prócer estatura, cabellos blancos, nariz aguileña, tez pálida y ojos bellos y severos. El conjunto no podía ser más imponente y majestuoso.
—¡Ah! es usted del norte de España—me dijo con sonrisa condescendiente—. Allá en América les tenemos en mucha estima por su honradez y laboriosidad. Es gente que sabe abrirse camino y aprovecha bien las circunstancias para hacerse una posición más o menos brillante. En la Habana hemos tenido dos criados, uno asturiano y otro montañés, tan fieles, que yo les entregaba la llave de la caja de las joyas cuando necesitaba sacar algunas para ir a los bailes de la Capitanía o de los marqueses de la Reunión.
Si he de confesar la verdad, no me sentí muy halagado en aquel momento por el testimonio generoso de la fidelidad de mis paisanos. Hubiera deseado verles en posición más desahogada, aunque su virtud no fuese tan ostensible. Pero esta ligera humillación quedó bien compensada por la satisfacción orgullosa que sentí al verme tan bien acogido de una dama que había brillado en otro tiempo en los salones de los magnates americanos.
Esta satisfacción creció de un modo desmesurado cuando a los pocos momentos me hizo saber que sus años juveniles se habían deslizado en un ingenio de azúcar propiedad de sus papás, donde trabajaban seiscientos esclavos. Cada vez que ella, la más joven de las señoritas de la casa, entraba o salía del ingenio en su coche, aquellos esclavos le hacían una ovación estruendosa. Porque había sabido captarse su cariño y admiración.
Yo asentí con todas mis fuerzas insinuando al mismo tiempo la idea de que aquellos esclavos poseían una perspicacia nada común, muy superior a lo que podía esperarse de su condición y de su raza.