Repetida esta maniobra diferentes veces, al fin aquéllas cayeron en el lazo. Se hallaban en el comedor holgándose alegremente en compañía de Doña Encarnación, narrando los dulces incidentes de su vida poética, inmarcesible, engullendo al mismo tiempo algunas galletitas con que aquélla las obsequiaba, cuando aparece repentinamente por la puerta Bruno Mezquita. El impostor tuvo la audacia de fingirse sorprendido, de balbucir algunas frases de excusa y hasta de intentar retirarse. Pero no lo hizo, ¡ya lo creo que no lo hizo! Venía solamente a participar a Doña Encarnación que se le había caído un botón del chaleco y a suplicarle que tuviese la amabilidad de pegárselo.

¡Un botón! ¡Qué pretexto ridículo y prosaico! Sin embargo, aquellas preciosas niñas se ruborizaron como si entrase cantando una trova de amor. Y después de todo, aquel botón, bajo su sórdida apariencia, no era otra cosa que un madrigal. El que no lo reconozca así no dará pruebas de gran perspicacia.

Doña Encarnación salió en busca de los enseres necesarios para realizar la operación que se le encomendaba. Bruno Mezquita quedó solo unos instantes con aquellas ninfas, y si no las abrazó y las besó y las arrastró por la fuerza al paraje más sombrío del bosque como un sátiro que era, no fué porque le faltasen deseos de hacerlo.

Llegó Doña Encarnación al punto de impedirlo. Traía en la mano la aguja y la hebra de seda; pero en el momento de colocar el botón en su sitio observó con disgusto que le faltaban las gafas. Trató de ir a buscarlas, pero Lolita, la primera y más bella de las dos divinidades, se ofreció con graciosa condescendencia a pegar el botón con sus manos inmaculadas.

Entonces le tocó al primo Mezquita ruborizarse. Lo hizo como si fuese un tierno colegial y no un sátiro empedernido. El botón quedó pegado al instante con perfección inimaginable. Bruno Mezquita se hubiera arrancado de cuajo todos los que tenía en su ropa, a riesgo de quedar desnudo, por sentir tan cerca de sí más tiempo las manos de la deidad.

Aunque es fuerza confesar que existen en el mundo seres tan egoístas que no agradecen o agradecen débilmente los servicios que se les presta, no fué este el caso del primo Mezquita. Al contrario, dió las gracias de un modo tan apasionado y vehemente, que todo su cuerpo se retorció al hacerlo como si repentinamente hubiera caído en un ataque epiléptico. Doña Encarnación no pudo menos de preguntarse con inquietud si su huésped iba a experimentar la dislocación de alguno de sus miembros más importantes.

Al fin quedó asegurada con gusto de que esta seria calamidad no se efectuaría. Bruno se calmó, y después de dar algunas docenas más de gracias anunció su intento de subir a la mansión cerúlea de su bienhechora para ponerse a los pies de la autora de sus días, en el caso de que ésta consintiera en recibir la visita de un mortal tan desprovisto de mérito. Lolita manifestó que su mamá era toda afabilidad, toda benevolencia, y, por lo tanto, acogería la visita con el mayor agrado.

La visita se efectuó al día siguiente. Bruno Mezquita nos lo hizo saber por la noche a la hora de la cena y nos hizo su relación con exasperante prolijidad. Exasperante para su primo Manuel, que empalideció de envidia. En cuanto al pequeño Albornoz, que secretamente alimentaba ya una pasión incurable por Lolita, quedó anonadado.

Por espacio de algunos días el más anciano de los Mezquita tronó y relampagueó solo en lo alto de la buhardilla sin que nadie osara hacerle la competencia. Poco tiempo le bastó para adquirir gran confianza en aquella región luciente. Iba y venía con pasmosa frecuencia llevando y trayendo recaditos para Doña Encarnación, subiendo unas veces periódicos de modas, bajando otras algún dibujo de bordado, un pañuelo olvidado, una novela prestada, etc. Doña Encarnación enviaba por su conducto de vez en cuando a aquellos ángeles algunas almendras y galletas que cercenaba de nuestro postre y hasta hubo sospechas de que en una ocasión no tuvo reparo en hacer cargar a Bruno con una fuente de arroz con leche. Pero tal extremo nunca se pudo esclarecer por completo; aunque Pepito Albornoz lo daba por seguro y lo contaba con una sonrisa amarga que revelaba su despecho.

Todo tiene su fin en este mundo. Aquella odiosa dictadura terminó cuando Manolo Mezquita, guareciéndose bajo el manto protector de Doña Encarnación, que gustaba de extenderlo sobre todos los desesperados, se hizo presentar en la morada gloriosa a la imponente divinidad que la regía.