Me dirigió una mirada recelosa. Yo permanecí serio. Al fin se tranquilizó por completo.
Pocos momentos después se alzó de la silla y se retiró, pidiéndome perdón por haberme despertado de tan dramática manera. Me volví del otro lado y no tardé muchos segundos en quedar de nuevo profundamente dormido.
VIII
LOS ÁNGELES DE LA BUHARDILLA
Acaeció que en los últimos meses del curso académico vino a instalarse en el cuarto cuarto de aquella misma casa una modesta familia compuesta de una mamá, dos niñas ya casaderas y un chico de catorce o quince años. Bien modesta necesitaba ser, porque aquel cuarto cuarto, si se le despojase de su tarjeta de visita, se llamaría sencillamente buhardilla.
No tenía vistas a la calle, sino tan sólo tres ventanas al patio, enfrente y un poco más altas que las de nuestras habitaciones interiores. En estas habitaciones alojaban Moro y los primos Mezquita. Así que éstos se dieron cuenta de la llegada de aquellas jóvenes, se sintieron cada día más y más apegados a la vida sedentaria. Y comenzó el imprescindible tiroteo de miraditas, señas y sonrisas. Las niñas eran lindas y trabajaban la mayor parte del día arrimadas a una de las ventanas. Y los primos Mezquita, acometidos súbitamente de un ansia irresistible de saber, estudiaban casi las mismas horas pegados a la suya.
Pronto supimos todos en la casa que una de las niñas, la más bella y pizpireta, se llamaba Lolita; la otra, Rosarito; el chico, Perico, y la mamá, Doña Enriqueta. Era ésta viuda de un comandante de infantería fallecido hacía ya algunos años y se sostenía con la módica pensión que le quedara y con el trabajo de sus hijas. Las dos eran bordadoras, ocupación mal recompensada como todos saben. Para ganar lo indispensable, nada más que lo indispensable, necesitaban las pobrecitas aplicarse duramente todas las horas del día y quizá también algunas de la noche.
Doña Encarnación, nuestra patrona, no tardó en hacer conocimiento con ellas. Se hallaron primero en la escalera. Doña Encarnación era exageradamente comunicativa. Subió después a su cuarto; bajó doña Enriqueta al nuestro; por último, las bellas ninfas, sus hijas, también se dignaron descender envueltas, como diosas que eran, en una espesa nube que las ocultó a nuestras miradas profanas. Acaso no sería la nube. Acaso aprovecharan astutamente el momento en que todos los huéspedes nos hallásemos en la calle. De todos modos, el hecho fué que no logramos verlas. En otras de sus apariciones celestiales sucedió lo mismo.
Los primos Mezquita se torcían las manos, se mesaban los cabellos, se dejaban caer desfallecidos sobre las sillas, pensaban vagamente en el suicidio cuando al llegar a casa adquirían conocimiento de tan sublime epifanía. Aspiraban después con delicia el aire embalsamado por las bellas y tocaban con respeto los objetos donde ellas habían puesto sus torneadas manos.
Doña Encarnación, sonriente, implacable, coadyuvaba a su desesperación relatando minuciosamente los incidentes de la aparición: cómo se habían presentado, si peinadas o con el cabello suelto, los lindos pies calzados o solamente con babuchas, qué palabras habían pronunciado, qué risas divinas habían fluído de sus rosados labios. Doña Encarnación gozaba cruelmente como una divinidad infernal con la aflicción de sus huéspedes.
El cerebro del hombre apretado por las circunstancias puede engendrar ideas muy fecundas. La que brotó de la mente de uno de los Mezquita en esta ocasión fué maravillosa. Nada menos se le ocurrió que despedirse en voz alta de Doña Encarnación cada vez que salía a la calle, dejar la puerta entornada, volverse desde la escalera, penetrar de nuevo en la casa y encerrarse traidora y solapadamente en su cuarto espiando como un sátiro la entrada en escena de las ninfas de la buhardilla.