Era la voz de Jáuregui.
—Entra. ¿Qué ocurre?
Jáuregui se presentó en mi alcoba con la palmatoria en la mano, tembloroso, el rostro descompuesto, los cabellos erizados.
—Pero ¿qué pasa?—exclamé yo, asustado también.
—¡Una cosa horrible!
Y colocó la palmatoria sobre mi mesa de noche y se dejó caer sobre una silla sin acertar a articular más palabras. Yo llené un vaso de agua, que tenía al alcance de mi mano, y se lo di a beber. Se calmó un poco y profirió velozmente:
—He logrado materializar a mi novia.
—¡Anda!—exclamé yo súbitamente tranquilizado—. ¿Y por eso te asustas? Pues, al contrario, debías estar muy satisfecho.
—Es que... ¡es que tú no sabes!... Se me presentó en una forma espantosa, envuelta en un sudario blanco, los cabellos sueltos, el rostro amarillo, los ojos inflamados...
—No tiene nada de particular, porque la has cogido desprevenida y no ha tenido tiempo a arreglarse... Pero ya verás más adelante cómo se te presentará en traje más adecuado.