—¿No es cierto?—exclamó Jáuregui con los ojos brillantes de triunfo y alegría—. Pues casi todos los días se está dos horas lo menos conmigo. Por cierto—añadió bajando la voz y sonriendo—que la otra noche nos ocurrió un lance singular y bastante cómico. Verá usted. Nos hallábamos charlando hacía un rato largo y yo le consultaba sobre ciertas materias delicadas, cuando de pronto, ¡zas!, oigo un chasquido en el aire. Quiero continuar mi conferencia, pero Sócrates no responde. Le llamo repetidas veces, y nada. Al día siguiente, cuando acudió a mi llamamiento me confesó que su mujer Jantipa le había sorprendido en conversación conmigo y le había dado una bofetada.

—¡Una bofetada!—exclamé en el colmo del asombro—. ¿No decía usted que jamás había logrado obtener una materialización? Pues ahí la tiene usted... Porque me parece que una bofetada es algo bien material.

—¡Sí, pero no la he visto!—exclamó con aflicción.

—Eso acontece casi siempre con las bofetadas: se las oye, se las siente... pero no se las ve venir.

Después de esta conferencia tuvimos otras varias y entramos en gran intimidad. Casi todas las noches, cuando ya la gente de la casa reposaba, me hacía pasar a su gabinete y charlábamos un rato más o menos largo. Al cabo me propuso que nos tuteásemos, a lo cual, como es de suponer, cedí con el mayor gusto.

En realidad, aquel joven aristócrata, con su erguida cabeza y su imponente cruz de Calatrava, era lo que suele llamarse un infeliz. Yo llegué pronto a cobrarle afecto, pero no logré que mis otros compañeros le concediesen su simpatía. Verdad que Jáuregui seguía mostrándose con ellos tan frío y ceremonioso como antes y sólo conmigo abandonaba su empaque.

Pues después que yo me iba a la cama, porque debía madrugar, todavía él, que no estaba obligado a hacerlo y podía dormir a su sabor la mañana, solía quedarse largo tiempo en conferencia con los espíritus.

Una noche, cuando me hallaba sumido ya en el más profundo sueño, oigo llamar a mi puerta con fuertes golpes.

—¿Quién va?—pregunté, incorporándome despavorido.

—¡Jiménez! ¡Jiménez!