Era de noche, a las altas horas de la noche, cuando Jáuregui me contó estas increíbles maravillas. Confieso que me sentí impresionado y aun puedo añadir un poco inquieto y medroso. Aquel joven tan pálido, de ojos tan grandes y negros, narrándome conmovido y con voz temblorosa tales espantos era cosa realmente para aterrar a cualquiera.
—Y usted por sí mismo, ¿no se ha puesto jamás en relación con algún espíritu?—me atreví a preguntarle.
Jáuregui vaciló un instante y balbució algunas palabras de excusa. Después, súbitamente resuelto, me declaró con toda franqueza que hacía ya mucho tiempo que se hallaba en estrecha comunicación con el mundo de los espíritus. Había tenido un trato muy íntimo con Napoleón, Felipe II y Pedro el Grande de Rusia, si bien hacía tiempo que no hablaba con ellos por negligencia; pero así que los evocaba, inmediatamente acudían a responderle. Yo no pude menos de hacerle observar la gran diferencia que existía entre el mundo de los espíritus encarnados y el de los desencarnados; porque era bien seguro que aquellos señores, en vida, no se hubieran dignado concederle una audiencia, cuanto más acudir a las suyas.
—Cierto, cierto—manifestó Jáuregui gravemente.
—Además, prueba que en el otro mundo los reyes y emperadores andan muy desocupados cuando pueden venir a conferenciar con cualquiera que les llame en éste.
—Exacto—volvió a murmurar Jáuregui.
Sin embargo, a pesar de tan sorprendentes prerrogativas, no estaba satisfecho. Jamás había logrado materializar a un espíritu y esto le tenía desalentado y triste. Desde hacía largo tiempo apenas se comunicaba con otros que con el de Sócrates y el de su novia, una novia que se le había muerto tísica hacía dos años. A estos dos espíritus les había hecho los consultores y guías de su existencia. Con ellos conferenciaba todos los días por medio de un veladorcito rotativo con abecedario parecido a una ruleta donde una aguja movida por impulso inconsciente de sus dedos señalaba las respuestas. Esta mesita giratoria la guardaba misteriosamente en su armario y me la mostró con gesto solemne.
También me hizo ver unos cuadernos donde se ejercitaba en la escritura automática escribiendo con los ojos cerrados bajo el soplo de la inspiración. Tenía asimismo un diccionario con el cual se consultaba: fijaba de antemano con el pensamiento la columna y la línea en que había de hallar la respuesta, abriéndolo después al azar por medio de una plegadera. Me narró casos sorprendentes. En cierta ocasión, escribiendo automáticamente, estampó más de cien veces una sola palabra, la palabra veneno. Aquella misma tarde se envenenó con una gaseosa. Otra vez abrió el diccionario para averiguar la enfermedad que padecía una de sus parientas y se encontró con la palabra vapor, que nada significaba. Pocos días después, no obstante, el médico diagnosticó que lo que aquella señora padecía eran vapores.
Naturalmente, con tales maravillas Jáuregui se hallaba absolutamente persuadido de la verdad de la teoría espiritista que para él era una verdadera religión. Pero, sobre todo, estaba entusiasmado con la acertada dirección que Sócrates imprimía a la conducta de su vida y la manera airosa con que le sacaba de todos los atolladeros que en ella se le presentaban.
—Claro está—hube de manifestarle—; como que Sócrates está reputado lo mismo en la antigüedad que en la edad moderna por el hombre más juicioso que ha existido. Y en verdad que es caso asombroso y digno de toda alabanza el que un filósofo tan glorioso venga a departir amablemente con una persona cuyos méritos no desconozco, pero que no ha alcanzado celebridad en el mundo.