—Sí, sí, muy extravagante—prosiguió él sin prestar asentimiento a aquel gesto—. Todo depende de una enfermedad nerviosa que desde hace tiempo padezco y que me obliga a menudo a ejecutar movimientos involuntarios.
Fingí de palabra, como lo había hecho con el gesto, no dar importancia alguna a tales movimientos y haberlos visto sin sorpresa. Luego le expresé mi sentimiento por su dolencia y el deseo de verle pronto restablecido.
Le invité a sentarse. Cedió gustoso y comenzamos a departir amigablemente. Pocos minutos después todas mis prevenciones desfavorables, las prevenciones que me habían infundido mis compañeros, se habían desvanecido por completo. Aquel joven era un dechado de cortesía, de franqueza y cordialidad. Ni sombra del orgullo que le habíamos supuesto. Me habló de la vida cortesana y de sus amistades en un tono de modestia e indiferencia que dejaba suponer que se hallaba lejos de conceder extremada importancia a los timbres de nobleza y a las prerrogativas sociales. Se enteró con visible interés de mi vida y mis estudios y me hizo amables preguntas también sobre mis compañeros. Nos despedimos y nos apretamos la mano como verdaderos amigos.
Cuando di cuenta de esta conversación (aunque ocultando su origen) a mis compañeros y les expresé el juicio favorable que nuestro vecino me había merecido, recibieron mis declaraciones con duda y hostilidad. Sin embargo, poco a poco se fueron rindiendo a ellas, y aunque no logré por entonces que se le mostrasen propicios, su ojeriza mermó notablemente.
Mis relaciones con Jáuregui se fueron estrechando. Al principio hablábamos solamente cuando por casualidad nos tropezábamos en la sala o en el pasillo. Después nos fuimos buscando. Me invitó a pasar a su gabinete. Quedé asombrado de la elegancia con que estaba amueblado. Pronto averigüé que ninguno de aquellos preciosos artefactos, ni siquiera el lecho, pertenecían a Doña Encarnación: todo estaba comprado por él. Y a pesar de eso, por lo que pude colegir, pagaba casi tanto por su habitación como yo por la pensión completa. Razón tenía, pues, nuestra huéspeda para mostrarse con él tan reverente.
Jáuregui, aunque haciendo una vida cortesana de placer, era más culto de lo que yo había supuesto. Pero no pude menos de observar en seguida que su cultura se reducía casi enteramente a un ramo, el ramo más extraviado de la ciencia, el que se refiere a la magia y al ocultismo.
—¡Cómo! ¿llama usted ciencia a la magia?—me preguntará cualquiera inmediatamente. No soy yo quien así la llama sino sus adeptos modernos. Actualmente todo tiende a convertirse en ciencia y lo maravilloso reviste apariencia científica. Tiene sus libros, sus Revistas, sus Sociedades sabias y Congresos. Los augures y profetas no visten ya la túnica de estrellas, sino la levita del profesor.
De todos modos Jáuregui poseía una copiosa colección de libros ocultistas que guardaba en un armario de caoba destinado al efecto. Me la mostró con cierto orgullo y de una en otra vino a confesarme que él era un entusiasta espiritista, que había leído y meditado mucho sobre este asunto y que en un viaje que había realizado a París hubo de ponerse en relación con los partidarios más conspicuos de esta teoría y asistió a algunas de sus sesiones prácticas.
¡Cosas sorprendentes, milagrosas, había logrado presenciar! Bajo la influencia del espíritu de Copérnico, había visto escribir páginas brillantes sobre astronomía a un sujeto que ignoraba por completo esta ciencia, y, guiado por el de Abelardo, otro había dibujado la espléndida casa que este filósofo posee en el planeta Venus, donde vive en compañía de Eloísa.
Además, había hablado con adivinos, luciferanos, quirománticos; había presenciado casos milagrosos de materialización de fantasmas; no sólo materialización de manos y brazos aislados que flotaban en el aire y cuyo contacto sintió en el rostro, sino verdaderos fantasmas de sujetos fallecidos hacía mucho tiempo, apariciones increíbles de dos o tres personas al mismo tiempo que marchaban por la sala vestidas con túnicas blancas, mostraban sus brazos desnudos y daban apretones de manos a los circunstantes. Había visto a un famoso medium traer repentinamente a sus manos pájaros y flores de climas apartados, mover los objetos sin contacto, levantar las cortinas y trasladar los muebles; había visto tomar fotografías de los objetos pensados y casos estupendos de transmisión del pensamiento.