Pues esta corrección y frialdad era precisamente lo que escocía a los huéspedes de Doña Encarnación. Sospechaban, no sin fundamento, que aquel joven aristócrata se consideraba por encima de nosotros en la escala de los seres vivos, y que si en los órganos externos y visibles parecíamos todos iguales, existía realmente entre su naturaleza y la nuestra un abismo infranqueable. Particularmente los primos Mezquita le habían dedicado un odio africano, como africanos que eran en cierto grado, odio que crecía todos los días al observar las muestras de acatamiento que nuestra patrona Doña Encarnación le prodigaba. Porque si nosotros no estábamos absolutamente ciertos de que Jáuregui estableciese teóricamente una diferencia radical entre su organismo y el nuestro, a nadie ofrecía duda que prácticamente Doña Encarnación la instituía.

Por eso cada vez que se hablaba del calatravo (así se le conocía entre nosotros), los primos Mezquita sonreían con amargura y rechinaban los dientes.

He aquí que un día, al abrir la puerta del gabinete para salir por la sala, como lo hiciese sin ruido acerté a presenciar un espectáculo que me llenó de confusión. El caballero Jáuregui se hallaba en pie frente al espejo ejecutando una serie de movimientos desordenados, de gestos convulsivos que me pusieron en suspensión y espanto. Tenía el sombrero en una mano y lo agitaba frenéticamente y sacudía al mismo tiempo la cabeza con extraño furor, clavando una mirada de extravío sobre su propia imagen pintada en el cristal.

Me detuve un instante estupefacto. No sabía qué hacer; si llamarle la atención, ya que él no me veía, o dar la vuelta y meterme otra vez en el gabinete. Opté por esto último y con rápido ademán cerré la puerta; pero no pude llevarlo a cabo de tal manera que no hiciese algún ruido.

Me dejé caer sobre el sofá y me puse a pensar, no sin inquietud, que mi vecino se había vuelto loco o estaba en camino de volverse. ¿Qué era aquello? ¿Qué significaban tan grotescas maniobras?

No tuve tiempo a hacerme muchas más reflexiones. En aquel momento llamaron suavemente a la puerta.

—¡Adelante!—dije con no poca zozobra, por no dudar un punto de quién era el que llamaba.

Se abrió la puerta. Apareció Jáuregui. Su rostro, ordinariamente pálido, estaba ahora teñido de carmín. Yo me puse al verle más colorado aún que él.

—Perdone usted... Me creo obligado a darle algunas excusas por la situación extravagante en que hace un momento me ha encontrado...

Yo levanté el brazo con un gesto que sin duda aspiraba a significar que aquella situación era, a mi juicio, la más natural del mundo.