—Pero ¿cómo has podido escribir este artículo? ¿Quién te ha enseñado ese fárrago de términos técnicos?

—Los he extraído de sus mismos libros, que los Mezquita dejan esparcidos sobre la mesa de su cuarto.

Celebré como merecía la broma, que era realmente chistosa; y seguimos riendo al recordar el gesto de estupefacción de nuestros contertulios.

Al cabo, poniéndose repentinamente serio, Moro exclamó:

—¡Vamos a ver! Después de todo, si hay glándulas para la fe, ¿por qué no ha de haberlas para la impiedad?

VII
MI AMIGO JÁUREGUI, ESPIRITISTA

¿Por qué le miraban todos con tan declarada hostilidad? Hay que escrutar los senos recónditos del orgullo humano para explicarlo. Cuando se mentaba su nombre en la mesa, hasta el mismo Pasarón, tan pacífico, tan indiferente, se encogía de hombros con displicencia.

Don Carlos de Jáuregui, nuestro compañero de pensión, huésped del gabinete frontero al mío y copropietario de la sala que nos separaba, era un joven que podría contar veinticinco años. Alto, delgado, esbelto, de facciones delicadas y expresivas, la tez pálida, los ojos negros y rodeados de un círculo azulado que acusaba un temperamento nervioso y enfermizo. Vestía con exagerada elegancia y sobre el costado izquierdo del frac, que indefectiblemente se ponía todas las noches, ostentaba bordada la cruz roja del hábito de Calatrava. Un bigotito negro con las puntas enhiestas, los cabellos esmeradamente peinados, las manos breves y cuidadas, la marcha arrogante y majestuosa, todo quería pregonar su esclarecida estirpe.

En efecto, aquel joven pertenecía a una aristocrática familia de la provincia de Alicante y estaba próximamente emparentado con algunos títulos que residían en Madrid. Sabíamos por Doña Encarnación que era huérfano de padre y madre, que tenía o había tenido por tutor al marqués de la Ribera del Fresno; sabíamos igualmente que poseía una mediana fortuna y sabíamos también que estaba dando buena cuenta de ella entre los placeres de la vida cortesana.

No hacía más que dormir en casa. Almorzaba, según nuestras noticias, en un Círculo de la calle de Alcalá y a la hora del crepúsculo venía a casa, se vestía de etiqueta y salía después a comer en alguna de las muchas residencias aristocráticas que frecuentaba. Cuando le tropezaba casualmente en el corredor o en la sala me hacía un reverente saludo, al cual yo correspondía con idéntica ceremonia. Lo mismo efectuaba con todos nuestros compañeros. Su actitud no podía ser más correcta, pero tampoco más fría.