Los rasgos de su fisonomía se alteraron; movió los labios como para decir algo, pero no llegó a pronunciar palabra alguna. Por fin, con enérgica resolución y metiéndome la boca por el oído me dijo.
—Supongo que no me juzgarás una despreciable coquetuela que haya procurado con artificios infundir una pasión en Moro sólo para satisfacer la vanidad. Al contrario, me he esforzado, haciéndome violencia, sobre todo últimamente, en mantenerme dentro de una reserva exagerada. Porque tu amigo me ha sido desde el primer día muy simpático: he llegado a cobrarle afecto; le consideraba como un amigo casi tan seguro y fraternal como tú lo eres... Pero otra cosa no podía ser. No necesito decirte por qué. Conoces las circunstancias de mi vida, conoces el carácter de papá... Además, la amistad es una cosa y el amor es otra. Dios no me había destinado para Moro, sino para Rodrigo.
—¿Estás segura de ello?
Apartó su cabeza de la mía como si se hubiese pinchado y mirándome a los ojos con expresión severa dijo secamente:
—Sí; estoy segura.
Se alzó del asiento y se alejó en silencio.
SEGUNDA PARTE
I
EL MUNDO DE LOS SUEÑOS
Han transcurrido diez años. Graves mudanzas en ellos. «Todo arde y se consume, decía el viejo Heráclito; no se baja dos veces en el mismo río; es otra agua sobre la cual bajamos.» La vida, como el agua, se disipa y se junta, busca y abandona, se aproxima y se aleja. Y a la postre todo, todo se olvida.