¿Quién se acuerda ya del bravo general Don Luis de los Reyes? Dos años después del matrimonio de su hija, al entrar en casa llegando de una cacería, al poner el pie en su dormitorio, cayó al suelo víctima de una apoplejía fulminante. Su viejo criado Longinos vino a darme la noticia. Cuando llegué, la casa estaba llena de amigos. Don Luis no recobró el conocimiento y falleció en la madrugada.

La hermosa Guadalupe dejó a Madrid y se fué a París a vivir con su madre. Algunos meses después tuve noticia de su matrimonio con Grimaldi.

¿Quién se acuerda de aquella famosa casa de huéspedes de la calle de Carretas, mansión deliciosa donde, como en el Olimpo, la risa era inextinguible? ¿Qué se hicieron los primos Mezquita y Albornoz? Salieron de Madrid y los unos deben de estar tomando pulsos y recetando jarabes en algún lugarón de Andalucía y el otro trazando carreteras y erigiendo puentes por algún otro rincón apartado.

¿Adónde había llegado Pasarón? Muy alto. Era ya un hombre célebre. Después de unas resonantes oposiciones que los periódicos comentaron largamente, donde logró aplastar bajo el peso de su erudición a hombres encanecidos en el estudio, obtuvo una cátedra en la Universidad Central. Aquel portentoso joven fué al poco tiempo el ídolo de la Prensa. Escribió algunos libros de crítica retrospectiva que produjeron verdadero asombro entre los doctos. Dondequiera que iba se le acogía con señales de respeto y admiración. Tal vez no existiese a la sazón hombre más festejado en España.

¿Qué se hizo de Doña Encarnación, la simpática y bondadosa patrona que tantos maternales cuidados nos prodigaba? Su misma generosidad la perdió. Quedó arruinada, arrastró después algunos años una vida miserable y hambrienta, durante los cuales tuve ocasión de favorecerla, y, por fin, murió en un pueblecito de la provincia de Guadalajara donde había nacido.

¿Quién se acuerda de aquella gentil Natalia, tan bella, tan franca, tan impetuosa? Nadie más que Sixto Moro. La herida de éste nunca había logrado cicatrizar por completo. Tres o cuatro años después de haberse casado aquélla le vi salir de un portal de la calle de la Montera donde un fotógrafo exhibía sus retratos. Yo sabía que allí había uno grande y perfecto de Natalia, y se lo dije riendo. Se puso un poco encarnado y me respondió:

—Es verdad, querido, cuando paso por esta calle no puedo resistir a la tentación de hacer una visita a su retrato.

—Para decirle cuánto la quieres todavía.

—Justamente... ¡Qué le vamos a hacer! Comprendo que es una locura, pero es una locura inofensiva. Soy un romántico digno de haber vivido en los buenos tiempos de Larra y Espronceda... No me falta todo, pues ya poseo la melena, que tanto preocupa a la atención pública.

En efecto, había logrado pronto alcanzar un puesto envidiable entre los abogados de Madrid; pronunciaba discursos en el Ateneo y en otras reuniones públicas, por lo cual empezaba a ser conocido del público. Pero lo que le iba haciendo más popular era su romántica melena. En nuestra nación, exageradamente apegada a la uniformidad, cualquier discrepancia excita la curiosidad. Moro era objeto en la calle de las miradas sorprendidas de los transeuntes. Unos, los que conocían su mérito, le miraban con respeto, pero los más reían. Con el tiempo creció su fama y adelantó en su posición. A la hora presente poseía uno de los bufetes más lucrativos de la capital, acababa de ser elegido diputado y vivía con lujo exagerado, como suele acontecer a los que han atravesado días de penuria y necesitan desquitarse. Ocupaba un magnífico aposento en la calle Mayor, tenía varios criados y recientemente había puesto coche.