Nuestra amistad no se había entibiado nunca. Aunque nuestras ocupaciones eran diversas, nos veíamos a menudo en el Ateneo y apenas se pasaba una semana sin que almorzásemos juntos. Charlábamos mucho del pasado, poco del presente, nada del porvenir. Sin embargo, alguna que otra vez yo le excitaba al matrimonio. Un hombre de su posición debía casarse para consolidarla. Con su nombre, con sus ganancias y su juventud podía aspirar a todo. ¿Por qué privarse de los goces de la familia y del consuelo de transmitir a otros seres el fruto de su esfuerzo y su talento? Moro se ponía serio y me respondía bajando la voz:

—No puede ser, Jiménez. Tú me llamabas Abelardo en otro tiempo y lo soy en efecto. No he quedado como él imposibilitado materialmente para el matrimonio, pero sí moralmente.

Confieso que tanta fidelidad al amor de su juventud me conmovía y me lo hacía aún más estimable.

De Natalia y su marido escasísimas noticias habían llegado a mis oídos durante aquellos diez años. Supe por casualidad que, al cabo de cuatro o cinco, Céspedes había vuelto a la Península y había vivido algún tiempo en Barcelona, después que se había ido a las islas Filipinas. Y nada más. Sixto no debía de tener otras más precisas tampoco y no imagino que tratase de inquirirlas.

En cuanto a mí, después de haber seguido tres carreras diferentes y hacerme doctor en dos, me hallaba a la sazón de redactor en un periódico importante de la mañana. Fuí empujado a ello por la necesidad. Algunos desabrimientos con mi familia me obligaron a prescindir de los recursos que me proporcionaba. Felizmente, la discordia cesó pronto; pude abandonar el periodismo; no lo hice porque me placía. Es alegre la profesión de periodista cuando se ejercita sin apremio de dinero. Yo tenía lo bastante para darme una vida regalada.

Desde los veinticinco a los treinta años de edad estuve alojado en un hotel de la calle del Arenal, que aún subsiste. No sé lo que es hoy: en aquella época era una casa de huéspedes confortable y elegante, con mesa redonda a la cual nos sentábamos quince o veinte comensales, casi todos del sexo masculino. Un general de Marina de la escala de reserva, un senador, un catedrático jubilado, un rentista con su señora y un hijo, un anciano médico, un capitán de artillería. Estos éramos los fijos; los demás, huéspedes que venían por tiempo más o menos largo.

Como yo era el más joven, y aún puede decirse el único joven, pues el capitán, que era quien más se me acercaba, frisaba ya en los cuarenta, se me trataba por aquellos señores con afectuosa predilección. Podría decir sin jactancia que me mimaban un poquito. Joven y periodista sonaba para ellos así como calavera, aturdido, enamorado y trasnochador. No lo era yo por fortuna, pero me embromaban cariñosamente como si lo fuera.

Yo les daba cuenta de los estrenos de los teatros, de las sesiones del Ateneo, de los sucesos de la calle y alguna vez también les anunciaba con anticipación sucesos políticos que el mismo senador ignoraba. Se me dejaba disparatar con toda libertad y yo usaba y abusaba de ella delante de aquel venerable areópago lo mismo que si estuviera en la mesa del café de Fornos entre mis jóvenes camaradas. Aquellos bondadosos señores se limitaban, cuando mi locuacidad subía de punto, a sacudir la cabeza y sonreír con piadosa ironía.

Fué dichosa aquella época de mi vida, o al menos así se me representa al través de los años. Todavía alguna vez, cuando paso por la calle del Arenal y levanto los ojos a los balcones de aquel hotel, dejo escapar un suspiro y murmuro con emoción los famosos versos de Espronceda:

¿Dónde volaron, ¡ay!, aquellas horas
de juventud, de amor y de ventura,
regaladas de músicas sonoras,
adornadas de luz y de hermosura?