Sí; todas las noches me dormía regalado por la música de un piano y un violín. Mi dormitorio tenía una ventana sobre el patio, cubierto de cristales, donde se hallaba establecido un café.
Y mis sueños eran felices también como mis vigilias. Sin haber leído nada de los sueños, había logrado en mi juventud cierto dominio sobre ellos. No que llegase a dirigirlos y conservar dormido mi libertad de espíritu como el ilustre orientalista marqués de Hervey de Saint-Denis, que es quien ha teorizado sobre este asunto; pero sí lograba muchas veces provocarlos apelando a algunos inocentes artificios.
A primera vista parece asombroso y aun disparatado que conservemos dentro del sueño nuestro libre arbitrio. Sin embargo, el esfuerzo tenaz de la voluntad puede llegar a conseguirlo. En el libro curiosísimo del sabio marqués se observa paso a paso cómo se va adquiriendo este dominio.
Inútil es advertir que al buscarlo no me guiaba un fin científico como a aquél, sino puramente el de huir alguna preocupación enfadosa o el de experimentar un placer. Mas como todo placer en este bajo mundo parece que lleva aparejado un dolor, mi manía de provocar sueños agradables me ocasionó una desagradable aventura, que no resisto a la tentación de narrar puntualmente.
Acaeció que un día llegó al hotel y se alojó en él por algún tiempo un matrimonio forastero. Al decir matrimonio no he hablado con suficiente propiedad. No fue un matrimonio, sino la mitad de un matrimonio la causa de mi aventura. El marido podía haberse quedado en la calle, podía haber permanecido en París, de donde llegaba gestionando sus negocios, podía haber ido a pasar unos días a Sevilla en el seno de su familia, podía haberse muerto (mucho mejor, por de contado). Todo esto no hubiera producido en mí la más leve emoción. ¡Pero la esposa! ¡Ah, la esposa! Una cosa increíble, una aparición, un milagro. Jamás he visto ni pienso ver en lo que me resta de vida una belleza más esplendorosa. La piel blanca, nacarada; los ojos negros, rasgados, orientales; los cabellos ondeados; alta y majestuosa como una lady; los dientes africanos, los pies asiáticos.
Cómo aquel hombrecillo menudo, calvo, feo y no muy joven había logrado hacerse dueño de tal portento, es lo que se preguntó inmediatamente todo el personal del hotel, desde el viejo general de Marina hasta el mozo de comedor.
Pronto se averiguó que la dama era rusa y su marido andaluz. Desde entonces se la admiró mucho más a ella y se le despreció mucho más a él. Ignoro por qué, pues la Andalucía es una región española donde abundaron siempre los santos, los héroes y los poetas. Pero es cosa averiguada que en el resto de España se habla demasiado bien de las andaluzas y demasiado mal de los andaluces.
Se hicieron muchos y variados cálculos. Unos pensaban que aquella señora era una nihilista rusa, que perseguida por la policía había logrado escapar uniéndose a nuestro compatriota; otros decían que era una artista ecuestre y su marido un empresario de circo; algunos imaginaban que se trataba de una princesa que viajaba de incógnito y que aquel hombrecillo no era su marido, sino un criado; por fin, hubo quien llegó a suponer que la dama era una esclava circasiana que el andaluz había logrado substraer del harem de un bajá turco.
Fuese lo que fuese, es lo cierto que nos tenía a todos hechizados y que se la miraba y se la volvía a mirar y nadie se hartaba de mirarla.