¿Por qué siendo tantos a contemplarla fuí yo el único que logró alterar los nervios del marido? Seguramente porque era el más joven. Sin embargo, el capitán lo era también en cierto modo y, además, lo confieso sin falsa modestia, me aventajaba en la figura.

Pero el capitán se había hecho amigo de Bellido (así se llamaba el marido de la rusa) desde el día siguiente de su llegada. Cuando todos nos levantábamos y nos marchábamos a nuestros cuartos, ellos dos solos se quedaban de sobremesa y departían todavía largo rato. Y en esta sobremesa el andaluz se desahogaba en el seno de su nuevo amigo refiriéndole los mil desabrimientos que experimentaba desde que llegara a España, a causa de la poca educación que aquí había. El infeliz vivía inquieto y sobresaltado. En la calle requebraban descaradamente a su señora, la seguían, la hablaban al oído; en el teatro la enviaban ramilletes de flores; por el correo interior recibía billetes amorosos. Pero si cruzaba por delante de un grupo de albañiles, estos señores no se limitaban a requebrar a su esposa, sino que le injuriaban a él mismo groseramente. Todas estas cosas iban aflojando los lazos que le unían a su patria y hablaba vagamente de romper con ella de una vez y para siempre. Así nos lo contaba riendo el capitán cuando el pobre hombre no estaba delante.

Pues, como decía, el marido de aquella singular mujer me espiaba y apenas podía posar mis ojos sobre ella sin que los de él me clavasen una mirada recelosa. Yo le hurtaba, sin embargo, las vueltas, la devoraba con los ojos y me nutría de sus encantos. Porque los beesfsteaks y los ragôuts del hotel allá se iban casi siempre a la cocina sin que yo los tocase.

Tal régimen alimenticio era muy a propósito para quedar enamorado. Lo quedé a los pocos días de un modo inverosímil y tuve la inocencia de participárselo al capitán, por ser el único huésped con quien todavía se podía departir sobre asuntos de galantería.

Debo confesar, en descargo de mi conciencia, que aquella señora, fuese princesa, esclava o titiritera, jamás alentó mi pasión amorosa ni aun creo que se haya dado cuenta de ella. Era una estatua, era una diosa; se la podían clavar las miradas más rendidas, más inflamadas; las suyas no expresaban más que una tranquila indiferencia.

Entonces me puse a hacer uso de aquellas facultades oníricas de que antes he hablado. Me puse a soñar. He aquí los medios a que apelé para provocar los sueños deseados.

Compré algunas historias y novelas rusas y leía por ellas una vez metido en la cama por la noche. Mi imaginación con estas lecturas se exaltaba y yo tenía buen cuidado de prestar a la heroína más simpática de cada novela los rasgos fisonómicos y la figura de la esposa de Bellido. Al mismo tiempo, en el instante en que me ganaba el sueño llevaba a la nariz un pañuelo empapado en esencia de reseda, que era el perfume que aquélla usaba, ordinariamente. Con estos sencillos artificios y con fijar mi pensamiento tenazmente en la hermosa dama, al tiempo de dormirme lograba, sino siempre, bastantes veces, soñar con ella.

Recuerdo que una vez soñé que me hallaba al servicio de la Policía rusa en Petrogrado. Habiendo tenido la fortuna de descubrir una vasta conspiración de terroristas, logré capturar a algunos de ellos y averigüé que obedecían las órdenes de una condesa muy conocida en la alta sociedad. Me personé una noche en el palacio de esta condesa y la hice detener. Era, como debe suponerse, la hermosa señora de Bellido. Se puso densamente pálida al saber quién era yo y a lo que venía, pero no pronunció una palabra y se dispuso a seguirme. Tanta hermosura y tanta dignidad me cautivaron. En vez de conducirla a la prisión le facilité la huída. Pero uno de mis compañeros me espiaba. Este compañero, que era un sér perverso y despreciable, tenía el rostro de Bellido. Entonces determiné fugarme con ella. Salimos por la noche bien recatados y nos dirigimos al río, donde yo tenía un bote preparado. Empuñé los remos y bogué hacia la desembocadura, donde pensaba hallar un buque español que mandaba un marino amigo mío. Este marino no era otro que el viejo general, mi compañero de hotel. Cuando me hallé en medio del Newa, me creí salvado. Solté un instante los remos y tomé las manos de la hermosa condesa que llevé a los labios con una mezcla de respeto, de admiración y de amor, que parecía transportar mi alma al paraíso. Porque todo el mundo habrá observado que nuestra sensibilidad espiritual aumenta notablemente durante el sueño: el amor, la compasión, el miedo, los celos son mucho más intensos que en la vigilia. Era una noche oscura de primavera. A nuestra izquierda se destacaban apenas las enormes masas del Palacio de Invierno y a nuestra derecha las Fortificaciones, con su iglesia que sirve de panteón a la familia de los zares. Yo me sentía enajenado y me preparaba ya a caer de rodillas delante de la bella conspiradora, cuando acierto a ver entre las sombras el punto negro de otro bote que navegaba rápidamente hacia nosotros; sentí el chapoteo de los remos y escucho una voz que grita: «¡Para!» Era la voz de mi compañero, esto es, de Bellido. En vez de parar, remo con todas mis fuerzas. De nada me valió. Él traía cuatro marineros y en pocos instantes fuimos abordados. Entonces yo, presa de irresistible furor, me arrojé al cuello de Bellido y ambos caímos al agua. La ira me dió tales fuerzas, que logré estrangularlo y salir después a la superficie. Mas cuando salí, los marineros se habían apoderado ya de la condesa y bogaban con ella hacia el muelle. ¡Mi dolor, mi desconsuelo fueron tan grandes, que desperté!

Soñé otra vez que me hallaba agregado a la Embajada española en Petrogrado. Trabé amistad con un príncipe en cierta reunión aristocrática y este príncipe me invitó a visitarle en una de sus tierras que poseía cerca de Moscou. En los días que allí pasé conocí a algunos señores de los contornos amigos suyos. Entre ellos uno pequeñito, calvo y feo... No debo decir más: Bellido. Ver a su esposa y quedar enamorado de ella fué todo uno. Tampoco era preciso advertirlo. Ella correspondió a mi amor ¿cómo no? y decidimos fugarnos. El príncipe, que odiaba y despreciaba como se merecía al marido, aunque se fingía su amigo, me facilitó los medios. Puso a mi disposición un trineo con seis caballos. Heme aquí corriendo sobre la nieve al través de la llanura desierta. Pero esta vez, como la otra, también fuimos alcanzados. El cochero del marido era más experto que el nuestro. ¡Deteneos! Viéndoles muy cerca yo me vuelvo y disparo mi revólver. El cochero de nuestro enemigo cayó muerto del pescante. El coche se detuvo al cabo de unos instantes y pudimos escapar. Pero mi adorado dueño se sintió mal poco después y me dijo sin preámbulos que se moría, que aquella emoción le había roto el corazón. Y en efecto, tal como lo dijo lo hizo. Me echó los brazos al cuello, me besó apasionadamente y dándome en aquellos últimos instantes pruebas del más heroico amor, despidiéndose de mí con las palabras más tiernas expiró en mis brazos como una flor que troncha el vendaval. Entre el cochero y yo levantamos la nieve, abrimos una fosa y la sepultamos. Yo lloraba todas las lágrimas que puede tener un hombre dentro de sí. Al mismo tiempo, sentía un frío tan intenso que pensaba morir. Este frío me despertó. Se me había caído la ropa de la cama y observé que mi almohada estaba empapada de lágrimas.

Pero no siempre soñaba cosas trágicas y lúgubres. En otra ocasión soñé que me hallaba como espectador en un circo, en la primera fila de sillas tocando con la pista. Después de unos gimnastas que trabajaron en la barra fija, apareció una amazona montando un caballo amaestrado. Era mi bella rusa. ¡Qué cambios elegantes!, ¡qué saltos!, ¡qué primores! El público se mostraba entusiasmado (bien se echa de ver que era un sueño, porque jamás le vi entusiasmado en tales ocasiones) y aplaudía frenéticamente. Pero ella no tenía ojos más que para mí. Cada vez que pasaba delante de mí me dedicaba una sonrisa divina. Los espectadores me miraban con curiosidad y envidia. Yo me hallaba en el séptimo cielo. Por fin, al terminar su trabajo la hermosa amazona se apeó de un salto y vino sonriente hacia mí tendiéndome una mano. Yo se la besé con transporte y ella me dió un beso en la frente. El público rompió en un aplauso estrepitoso... Y desperté.