¿Por qué cada vez que soñaba con su esposa me dirigía Bellido en la mesa tan agresivas y feroces miradas? Sencillamente, porque el capitán de artillería era un traidor, que le narraba punto por punto mi sueño, pues yo creo haber dicho que tenía la inocencia de contárselos. Era un sér perverso que se gozaba en tostar sobre la parrilla al desdichado andaluz.

Mi último y definitivo sueño en aquella temporada fué como sigue:

Yo era un rico comerciante musulmán que habitaba la ciudad de Kabul en el Afganistán. Una tarde fuí al mercado de esclavos y compré por algunas piastras una hermosísima circasiana, que no necesito decir quién era. En pocos días quedé subyugado por los encantos de aquella mujer; rendido a sus pies hasta el punto de hacerla mi favorita y mi primera esposa, pues era polígamo y confieso que no sentía por ello gran repugnancia. Pero he aquí que al poco tiempo se esparció por la ciudad la fama de la hermosura de mi esclava, aunque yo tenía cuidado de mantenerla encerrada, y que llega a los oídos del emir. Era este emir el hombre más lúbrico de todo su Imperio. No tardó en presentarse en mi casa con pretexto de hacerme una visita, pues éramos amigos. Yo me eché a temblar. Se parecía a Bellido como un huevo a otro y esta circunstancia aumentaba mi aversión infinitamente. Le convidé, le agasajé, me mostré con él humilde y servil hasta un grado indecible, todo por amor de mi esclava. No me valió de nada. Cuando nos hallábamos tomando café, me dijo de pronto:

—Enséñame tus mujeres.

—¡Oh!, no tienen valor alguno comparadas con las tuyas, poderoso señor.

—Quiero verlas—respondió secamente.

-Ya sabes, muy poderoso señor, que los creyentes debemos guardar nuestras mujeres de las miradas de los hombres.

—Quiero verlas—replicó en tono imperioso.

No hubo remedio; le mostré todas mis mujeres, claro está, salvo una.

—¿No tienes ninguna otra?—me preguntó mirándome fija y severamente.