—Ninguna otra, alto y poderoso señor.

—Repara bien lo que dices porque va en ello tu cabeza—profirió mirándome con más severidad aún.

Ahora bien, yo siempre tuve extraordinaria afición a mi cabeza lo mismo soñando que despierto. Así que caí a sus pies diciendo:

—Perdón, señor; tengo, además, una esclava circasiana.

Me ordenó mostrársela, le pareció muy bien, como era natural, y me obligó a enviársela al palacio.

Heme aquí desesperado y respirando atroces deseos de venganza por todos los poros de mi cuerpo. Realizo mis riquezas y me voy al Turkestán. Allí entro en relación con el general-gobernador ruso, le convenzo de que debe atacar al emir y me confía el mando de la expedición. Después de una batalla sangrienta en que las huestes del emir fueron derrotadas, logro entrar en Kabul, me apodero del palacio, rescato a mi bella circasiana y hago prisionero al tirano. Entonces yo, que había adoptado las feroces costumbres de los rusos, le hago azotar en uno de los patios del palacio. Mi esposa favorita y yo contemplábamos desde una terraza tan agradable operación. Por cierto que los gritos del infeliz Bellido la hacían reír a carcajadas, mostrando al hacerlo los dientes nacarados de su boca, que me tenía enloquecido.

Por la mañana almorcé mano a mano con el capitán y le conté este sueño. Por la noche, a la hora de la comida, Bellido me clavó una mirada tan agresiva, que me dejó desconcertado. Nos pusimos a comer y sus ojos encarnizados, cargados de odio, apenas se apartaban de mí. Comprendí que se acercaba la catástrofe y me resolví de una vez a precipitarla y hacerla frente. Clavé mis ojos descaradamente en la bella rusa y mantuve la mirada sobre ella con osadía. De pronto Bellido me interpela alzando enérgicamente la voz:

—¿Qué es lo que usted mira?

La sangre se me agolpó a la cabeza y contesto rojo de ira:

—Miro lo que se me antoja.