—¡Es usted un joven bien insolente!

—¡Y usted un viejo mamarracho!

Ambos nos alzamos de la silla y quisimos arrojarnos el uno sobre el otro. Pero a él le retuvieron algunas manos y a mí también.

Reinó un silencio angustioso en el comedor. La comida prosiguió, y en vez de la conversación general que solía entablarse cada cual hablaba con su vecino. Cuando hubo terminado, Bellido salió el primero con su esposa y algunos le siguieron. Pero quedamos otros pocos y se hicieron comentarios. El viejo general de Marina los resumió diciendo gravemente:

—Desgraciadamente, esto se arreglará con algunos sablazos.

—¡Cuanto primero mejor!—exclamé yo encolerizado.

Pero aguardé en mi cuarto hasta las diez esperando la visita de sus amigos y nadie pareció. A la mañana siguiente ni por la tarde, tampoco. Por la noche se presentó en el comedor como si no hubiera pasado nada. Lo único que hizo fué obligar al mozo a que les colocase a él y a su esposa al otro extremo de la mesa, volviéndome la espalda. Los comensales me hacían guiños maliciosos y sonreían.

Así se pasaron algunos días sin que yo, por delicadeza, intentase mirar de nuevo a la bella rusa, cuando una noche, después de comer y estando en mi cuarto preparándome para salir, oigo llamar con la mano en mi puerta.

—Adelante.

Se abre la puerta y aparece Bellido. Yo di un paso atrás y dirigí una mirada codiciosa a la mesa de noche donde tenía el revólver.