Nos veíamos poco, pero cuando esto sucedía nos hablábamos con la cordialidad de siempre y si iba arrellanado en su magnífica berlina arrastrada por un tronco de caballos extranjeros y me veía, nunca dejaba de sacar la cabeza por la ventanilla y hacerme un afectuoso saludo.

Un domingo, a la hora de mediodía, le hallé paseando por la calle de Alcalá delante de la Iglesia de San José. La acera rebosaba de gente en aquella hora y mi capitán, en traje de paisano, como casi siempre, marchaba distraído sujetando por medio de cordón de seda a una galguita inglesa, uno de esos animalitos que parecen montados en alambre, friolentos y temblorosos.

Me detuve a saludarle y me dijo que estaba aguardando a su mujer, que había entrado a oír misa de doce en San José.

—Si no tienes prisa—añadió—podemos pasear hasta que salga.

—Acepté con gusto, y pasándole cariñosamente el brazo por la espalda le dije:

—¡Déjame abrazar a un hombre feliz por ver si se me pega algo!

—¿Feliz?... Así, así...

—¡Cómo! ¿No es feliz un hombre joven, fuerte, que ocupa brillante posición en el mundo y disfruta ya de una envidiable reputación como sabio?

—Nada hay en esta vida sin mezcla—dijo sonriendo.

—¿Acaso en tu matrimonio?...—le pregunté un poco indiscretamente.