Pérez de Vargas calló. Al cabo de unos instantes comenzó con semblante distraído a hablar de esta manera:

—La historia de mi matrimonio semeja un poco a la del planeta en que habitamos. Una vez más el microcosmos repite en cierto modo los períodos evolutivos del macrocosmos... Principió como la tierra por la fase estelar, por el período de incandescencia. Los dos estábamos enamorados y nuestra pasión se mantuvo más de un año en el rojo blanco. Terminó la incandescencia y se inició la fase planetaria, pero aun había bastante calor y continuamos siendo felices. La fauna de la edad primaria, los trilobitas y cefalópodos, representada por los pequeños rozamientos de la vida doméstica, no me causaban graves molestias. Pero llegó el período secundario y con él los grandes reptiles. A mi suegra se le ocurrió que debíamos estar aquí muy mal servidos y nos envió a una antigua doncella de la casa con su marido; un par de monstruosos lagartos ¿sabes tú? Esta doncella había visto nacer a mi esposa y ejercía sobre ella una influencia decisiva que presto se convirtió en declarada tiranía. El marido era un redomado bribón. Comenzamos a ser saqueados de lo lindo; pero mi mujer estaba tan ciegamente prendada de aquella doncella, que a pesar de mis representaciones lo veía o no quería verlo, prefiriendo ser robada a privarse de tan raro tesoro...

Al fin, no tuve más remedio que tomar una decisión. Un día cogí con las manos en la masa a aquel ladrón, le di dos puntapiés y le eché a la calle. Con él, como es lógico, se fué su simpática consorte.

Aquí comienza al primer período glacial de mi matrimonio. Grandes témpanos de hielo se acumulan sobre nosotros. Mi mujer se entristece, llora, se llama desgraciada y su amor hacia mí decrece visiblemente. Duró poco tiempo. Un mes después ocurrió la muerte de su padre. Necesitamos ir a Barcelona y con aquel grave suceso se disipó el malestar que entre nosotros reinaba. Algunos días después regresamos a Madrid. Mi mujer había heredado una fortuna considerable. Con arreglo a ella montamos nuestra existencia: alquilé un hotel en el barrio de Pozas, compramos coches y caballos, tomamos criados, etc., etc. Pero una vez instalados, mi suegra se resuelve a venir a vivir con nosotros y con ella importa a una hermana viuda que desde largos años antes habitaba ya en su compañía.

Mi matrimonio con esto entró en el período mioceno de los grandes mamíferos. Mi suegra pesa ciento seis kilos y semeja bastante bien un mastodonte. Su hermana pesa ciento diez y nueve y es un verdadero dinoterio.

Naturalmente, aunque mi casa era espaciosa, yo no cabía ya dentro de ella. El desgraciado capitán Pérez de Vargas veíase obligado a estrecharse, estrecharse, y pronto quedó convertido en un despreciable papel de fumar. Los criados no recibían ni acataban otras órdenes que las que salían de la boca de aquellos monstruos herbívoros; a mi mujer se la tragaron como una píldora. Yo no sabía ya si era en efecto Pérez de Vargas, capitán de ingenieros, o un fantasma impalpable y aéreo que se deslizaba furtivamente por las noches en el lecho de su esposa.

A grandes males grandes remedios. Un día me hallaba tan oscurecido y acongojado, tan envuelto en espesas tinieblas, que me resolví a gritar con toda la fuerza de mis pulmones: «¡Hágase la luz! Una de dos: o salen los elefantes de esta casa y se van con la música a otra parte o ahora mismo toma la puerta el capitán.»

Hubo gritos y lágrimas y formidables trastornos sísmicos. La tierra osciló bajo mis pies como un barco sacudido por la tempestad; brotaron llamas; una lluvia de cenizas cayó sobre mi cabeza; estuve a punto de ser tragado por el volcán. Sin embargo, logré escapar de tan grave catástrofe y pude respirar al cabo con libertad.

Como podrás presumir, a este período de trastornos y erupciones sucedió otro glacial muy intenso. Mi mujer no comprendía que yo tuviese necesidad de más espacio y más oxígeno que el que me dejaban sus monstruosas mamá y tía. No traté de convencerla de lo contrario. Contra el frío glacial me refugié en las cavernas, esto es, en la Peña y el Ateneo todo el tiempo que mis ocupaciones me dejaban libre. Al cabo los hielos se fueron fundiendo por sí mismos, la temperatura se hizo más agradable y pude gozar de un período de bonanza.

Hice mal, no obstante, en vivir confiado. La corteza terrestre era aún más delgada: el elemento sólido no se había afirmado y ofrecía poca seguridad. La catástrofe vino cuando menos podía imaginarlo, en el momento mismo en que mi esposa y yo nos hallábamos tranquilamente sentados en una butaca, ella sobre mis rodillas prodigándome mil caricias apasionadas. No recuerdo cómo fue; no hubo ruidos subterráneos ni relámpagos temerosos, ni aurora sangrienta; ninguno de los síntomas precursores y alarmantes del cataclismo. Éste se produjo súbitamente. Ignoro qué palabras le dije yo a propósito de cierta cuenta exorbitante de la modista que el día anterior había pagado; no sé qué palabras vivas me respondió ella; no sé qué palabras un poco más vivas le repliqué yo. Las que recuerdo con admirable precisión son las que salieron entonces de sus labios y sonaron en mis oídos como otros tantos estampidos: «Tú eres un pobre; todo lo que hay en esta casa es mío.»