—En un caso semejante—dije yo riendo—, San Juan Crisóstomo aconseja que se responda a la esposa: «No comprendo lo que dices, amada mía. Nadie puede dudar de que todo cuanto hay aquí es tuyo, porque yo mismo soy tuyo también.»
—San Juan Crisóstomo era un novato. Yo lo hice mejor. En cuanto escuché tales palabras, sin descomponerme poco ni mucho, me alzo de la butaca, voy con paso solemne a mi despacho y escribo una carta a mi casero manifestándole que desde el día siguiente tenía el hotelito a su disposición. Inmediatamente salgo de casa, me entrevisto con el más rico prendero de Madrid, le traigo conmigo, le muestro todos los muebles y se los vendo por una cantidad alzada. Busco un empresario de coches y le traspaso los míos y los caballos. Después ajusto la cuenta a los criados y los despido a todos. Inmediatamente salgo de nuevo y tomo una habitación con dos camas en una modesta casa de huéspedes. Torno a la mía: eran las seis de la tarde. Subo a la habitación de mi mujer, que se hallaba aterrada sin saber a punto fijo lo que todas aquellas marchas y contramarchas significaban, y le dirijo este elocuente discurso:
«—Querida esposa: has hecho bien en recordarme que nada de cuanto hay en esta casa me pertenece, porque lo había ido olvidando. Te pido perdón por mi falta de memoria. Lo único que aquí me pertenece eres tú y por eso es lo único que me llevo.»
Y diciendo y haciendo le tomo delicadamente la mano, la coloco sobre mi brazo y un minuto después estábamos en la calle. Quiso protestar, lloró, pidió perdón, prometió... Todo fué en vano. «Soy un modesto, pero pundonoroso capitán del ejército—le dije—y debo vivir con el sueldo que la nación me tiene asignado. Pero tú eres la honrada y fiel esposa de este capitán y debes sustentarte con lo que él gana. Lo que te pertenece por herencia pasará íntegro a tu familia si mueres antes que yo o gozarán de ello en caso contrario. El producto del mobiliario y los coches queda depositado a tu nombre en el Banco de España.»
Tres meses y algunos días permanecimos en aquella pobrecita casa de la calle de San Bartolomé. Renuncio a contarte, porque ya lo supondrás, cuanto allí pasó. Lágrimas, suspiros, profundas humillaciones, un desfile constante de deudos y amigos de la familia de mi esposa que me asediaban y me suplicaban sin cesar. Al cabo, cuando entendí que el arrepentimiento era sincero y profundo y que no volveríamos a empezar, me avine generosamente a abandonar el catre y los garbanzos de la casa de huéspedes para instalarme en el hotel que hoy habito en la Castellana y que pongo a tu disposición. Con esto los hielos se retiraron velozmente hacia las regiones boreales; reina en mi hogar una temperatura deliciosa; los campos se vistieron de una flora casi tropical, y en cuanto a la fauna... ya lo ves, está representada por esta galguita, a la que mi mujer y yo mimamos a porfía.
—¿Y tu suegra?
—Mi suegra, hoy por hoy no es más que un cetáceo inofensivo... Ya te hablaré otra vez porque están saliendo de misa. Ven a verme. De tres a cinco estoy siempre en casa.
En lo alto de la escalera de San José apareció la gallarda figura de la señora de Pérez de Vargas. Era una hermosa mujer vestida con refinada elegancia. Derramó una mirada inquieta y escrutadora por la calle y al divisar a su marido su rostro se dilató con una sonrisa tan dulce y afectuosa que instantáneamente quedé persuadido de que el capitán Pérez de Vargas sabía mucho más que San Juan Crisóstomo en achaques matrimoniales.
III
MÁS TRAVESURAS DE MI AMIGO PÉREZ DE VARGAS
Algunas días después me decidí a hacer una visita a Pérez de Vargas. El hotel en que habitaba era una espléndida mansión y el tren de su vida verdaderamente fastuoso.