Pérez de Vargas se extendió considerablemente en el elogio de aquel extraño personaje excitando mi curiosidad. Después me explicó cómo había sido presentado a los chinos y había ido a tomar el té en la Embajada dos o tres veces.
—Hallé su compañía en extremo grata. La cortesía de los chinos es proverbial y tan exagerada que para nosotros resulta ridícula. Ninguno permanece sentado cuando alguno de los presentes se pone en pie con cualquier motivo. Esta ceremonia termina por hacerse enfadosa, pues nos obliga a no movernos de la silla. Al revés de nosotros los europeos, estos orientales jamás hablan de sí mismos como no se les pregunte, y en cambio, manifiestan vivo interés, natural o afectado, por lo que atañe a los demás. No imagino medio más seguro para hacerse simpático en el mundo. Sin embargo, no he podido menos de observar cierta inquietud y embarazo en sus ademanes, que por lo que vine a entender depende de un sentimiento de temor de ser menospreciados. Piensan al parecer, y no andan descaminados, que los tenemos por un pueblo bárbaro aún y que sólo por condescendencia nos avenimos a tratarlos como iguales. Esta idea les roe el corazón y para sacudirla de sí afectan hallarse al corriente de todos los usos y ceremonias del mundo civilizado. Sus recepciones y sus tes son exactamente iguales a los que se dan en cualquier otra casa particular española: los criados, el servicio, el mobiliario, todo igual y flamante. Te confieso que este sentimiento de humillación, que se les trasluce, me apena y que desde luego hice cuanto me fué posible por desvanecerlo, mostrando respeto y estimación, no solamente a sus personas, sino también a su país. Con esto tuve la fortuna de hacerme simpático y me lo demuestran por cuantos medios están a su alcance. Hoy, por primera vez, les he invitado a tomar el té en mi casa. No he dicho nada a mi mujer ni a mi suegra para divertirme un poco a su costa, sobre todo de esta última, que no los conoce siquiera de vista.
Martín me invitó a pasar a su dormitorio; hizo sonar un timbre y vino su ayuda de cámara, que en mi presencia le ayudó a vestir. Después me llevó al salón, donde ya estaban su mujer y su mamá política, a las cuales me presentó en términos excesivamente lisonjeros. Pero con ellas se hallaba un viejo general, vecino y gran amigo de la familia, acompañado de su hija. Su presencia contrarió bastante a mi amigo, según me hizo saber en voz baja. Este general era una bellísima persona, pero de mayor corazón que inteligencia: cariñoso en el fondo y brusco en las formas, de ideas conservadoras intransigentes, muy religioso, muy bravo y muy apegado a las costumbres y tradiciones de nuestro país.
En efecto, la visita de tal caballero no podía resultar oportuna en la presente ocasión y comprendí la inquietud de Pérez de Vargas.
Como éste tenía ya advertidos a los criados, poco tiempo después de hallarnos reunidos en el salón, uno de ellos levantó la cortina y profirió en voz alta y solemne:
—El señor Embajador del Imperio chino.
El embajador, su secretario y dos agregados penetraron gravemente en la sala haciendo reverencias a la europea. Pérez de Vargas se apresuró a salir a su encuentro y los presentó con toda ceremonia a su esposa, a su suegra y luego al General, a su hija y a mí.
La sorpresa de las señoras fué grande, pero sobre todo la estupefacción de la mamá no tuvo límites y temí por un momento que se pusiera enferma. Quedó pálida, sobrecogida, y cuando su yerno le fué presentando a sus nuevos amigos, no supo qué decir ni hacer otra cosa que abrir los ojos desmesuradamente.
Pasada la primera impresión, que los chinos fingieron no advertir, porque ya estaban acostumbrados a producir tal efecto, nos sentamos y departimos un rato y la anciana señora se fué serenando.
Poco después los criados entraron con sendas bandejas y algunas mesillas volantes y la bella esposa de Pérez de Vargas nos sirvió el té.