Pero los temores que mi amigo me había manifestado no tardaron en verificarse. Porque el General, que conocía a los chinos de vista, como todo Madrid en aquella época, apenas se dignó corresponder a los muchos y reverentes saludos que le hicieron cuando aquél se los presentó, mostrando con sus pocas y bruscas palabras y con todos sus ademanes que no respetaba mucho su Embajada ni los consideraba casi dignos de alternar con la buena sociedad española.

Con esto el embarazo y la timidez de los chinos subió de punto, y Martín, advirtiéndolo, trató de hacer ver al General de un modo indirecto que no se las había con salvajes como parecía presumir, sino con hombres bien cultos y civilizados.

Después de tomar el té quedamos colocados en la siguiente forma: el Embajador acomodado en un sillón y el General frente a él en otro; el Secretario se sentó en el sofá y Pérez de Vargas y yo también; los dos agregados, en sillas próximas a nosotros. En el rincón opuesto del salón, instaladas en lindas butaquitas de colores brillantes, charlaban la hija del General, la señora de la casa y su mamá. Pero esta última no parecía estar muy embebida en la conversación, porque apenas apartaba los ojos del Secretario, que por su estatura y su fealdad sin duda le inspiraba horror.

—¿De suerte que usted, antes de venir a Europa como secretario de la Embajada, ha servido en la administración de Pekín?—le preguntaba Pérez de Vargas con el objeto ya indicado.

—Sí, señor; he servido en algunas provincias como oficial subalterno. Después pasé a Pekín y fuí empleado en la secretaría imperial y allí conocí al señor Embajador y cuando éste fué nombrado presidente del Hingpon, que es el supremo tribunal encargado de los asuntos criminales, me llevó consigo.

—¿Pero allá en su tierra hay tribunales?—preguntó bruscamente y sonriendo el General.

El Secretario le miró estupefacto.

—¿Que si hay tribunales? Lo mismo, señor, que en todos los países civilizados. Hay un supremo tribunal, que semeja a vuestro ministerio de Gracia y Justicia, con diez y ocho divisiones, que corresponden a las diez y ocho provincias del Imperio, encargadas de los asuntos criminales de cada provincia. Hay además, un Cuerpo de inspectores, un Consejo que prepara las ediciones del Código penal...

—Yo tenía entendido que allá juzgaban ustedes a los criminales de cuclillas en una estera, les mandaban dar tantos o cuantos palos... y en paz.

El Secretario se inmutó visiblemente, se puso más pálido de lo que era y con esto su fisonomía adquirió un grado de fealdad inconcebible. El Embajador, que apenas conocía el español, no se dió cuenta cabal de aquellas palabras ultrajantes; pero advirtiendo la alteración del Secretario comprendió que se les había ofendido y manifestó señales de abatimiento. Pérez de Vargas estaba verdaderamente corrido y maldiciendo sin duda del momento en que a su agresivo vecino se le había ocurrido venir a visitarles.