El Secretario se mantuvo silencioso algunos instantes haciendo esfuerzos por serenarse y luego principió a hablar en tono firme y reposado de esta manera:
—Desde hace más de tres mil años, esto es, desde el tiempo en que el Occidente se hallaba sumido en la más completa barbarie, el Celeste Imperio es un país civilizado donde funcionan regularmente los tribunales, donde hay una Administración prudente y sabia que provee a todas las necesidades de la vida social. Existe un fuerte poder central necesario para dar unidad a un Imperio que cuenta hoy con cuatrocientos millones de súbditos; pero este poder absoluto asumido por el gran emperador está templado por las costumbres que en China tienen una influencia decisiva. El emperador es para nosotros un gran padre de familia. Su autoridad la delega a sus ministros, que transmiten sus poderes a sus subordinados y así se va extendiendo gradualmente hasta los grupos de familia, donde los padres son los jefes naturales. La familia es el tipo por donde se modela la vasta administración del Imperio. Además, el gran contrapeso que tiene entre nosotros el poder imperial consiste en la corporación de literatos, que existe igualmente desde hace tres mil años. El emperador no puede elegir sus agentes civiles más que entre los literatos y conformándose a las clasificaciones establecidas por el concurso. Todos los chinos tenemos derecho a desempeñar los cargos del Imperio, hasta los más altos, con tal que demostremos nuestra suficiencia en los diferentes exámenes que vamos sufriendo y obtengamos el diploma necesario. Porque en China no existe una aristocracia como ha existido siempre en el Occidente, que vincula para sí los puestos civiles y militares. Nuestra sola aristocracia, o clase privilegiada, la constituye la corporación de los literatos, que se recluta cada año por medio de los exámenes. No existen títulos hereditarios sino para los miembros de la familia imperial; pero estos títulos sólo les da derecho a una módica pensión y a gastar como distintivo un cinturón rojo. Ni aun tienen derecho a desempeñar los cargos públicos sino después de haber sufrido los exámenes y haber obtenido el diploma necesario como cualquiera de nosotros. Los títulos y los honores que un hombre por su mérito ha logrado adquirir no los heredan sus hijos, sino sus padres...
El General, al oír esto, soltó una insolente carcajada.
—¡Hombre, no deja de tener gracia! Ya me habían dicho que los chinos lo hacen todo al revés, que principian a comer por los postres y concluyen por la sopa.
El Secretario quedó un instante acortado, pero siguió su discurso dirigiéndose siempre a Pérez de Vargas:
—Ya he dicho que todo nuestro sistema político se modela por el tipo de la familia. El respeto a los padres es el más poderoso resorte de nuestra vida y como estamos obligados a tributárselo aún después de muertos por medio de ciertos ritos y ceremonias fúnebres no podríamos hacerlo de un modo decoroso suponiendo que nuestros antepasados se hallaban colocados más bajos que nosotros en la escala social... Por lo demás, convengo en que nuestras costumbres son muy diversas de las de Europa, pero tienen su razón de ser. La vida no es tan mala allá como aquí se supone. No diré que existen los refinamientos de las naciones occidentales, pero vivimos mejor y con más comodidades que gozaban los europeos hace cien años. El Imperio, con ser tan vasto, se halla cruzado de un cabo a otro por magníficas carreteras y lo surcan un número considerable de canales que ponen en comunicación los dos grandes ríos que lo atraviesan, el río Amarillo y el río Azul. Todo nuestro país está cultivado como un jardín y su población en el centro es más densa que la de Bélgica...
—La China es un país bárbaro donde se asesina a los cristianos y se martiriza a los misioneros—profirió de mal talante el General.
—«El malvado que persigue a un hombre de bien es semejante al insensato que escupe al cielo», dice el Buda en sus enseñanzas. Los chinos se guardarían de contristar el corazón de los cristianos que son hombres de bien, si para ello no hubiera un motivo poderoso. Pero es menester que la verdad sea separada del error. La religión cristiana ha gozado repetidas veces de los beneficios celestes del gran Emperador y si ha sido perseguida en ciertas ocasiones débese, más que a otro motivo, a la arrogancia misma de los cristianos, que no han sabido mantenerse en los límites de la moderación y la prudencia. La China es el país más tolerante de la tierra en materia de religión. Un súbdito chino puede ser, a su capricho, discípulo del Buda, de Confucio o de Mahoma. Si no ha podido serlo de Cristo alguna vez se debe a que hemos sospechado con razón que los misioneros cristianos no venían al Oriente con un fin puramente religioso, sino que eran agentes de sus Gobiernos para introducirse y preparar la conquista. ¿No hemos visto a los españoles en las islas Filipinas, a los holandeses en Java, a los ingleses en todas partes? Es natural que nos defendamos. Cuando en los comienzos del siglo anterior el gran emperador Youngtching proscribió la religión cristiana que su antecesor había permitido, tres misioneros de ustedes fueron a suplicarle que revocase el edicto. El gran Emperador, perfectamente enterado de todo, les respondió: «Yo he proscrito vuestra religión de mi Imperio, porque he sabido que algunos de vosotros querían aniquilar nuestras leyes y sembraban el espíritu de rebelión en los pueblos. Vosotros pretendéis que todos los chinos se hagan cristianos, y vuestra religión, al parecer, así lo exige; pero si así sucediese, pronto seríamos todos nosotros súbditos de vuestros reyes. Los cristianos que vosotros hacéis no reconocen más autoridad que la vuestra. En tiempo de revolución no escucharían más que a vosotros... Ya sé que por ahora nada hay que temer, pero vendrán vuestros barcos por cientos y luego por miles y entonces todo se puede esperar. Habláis mucho de tolerancia y la pedís y la exigís, pero ¿qué diríais si yo enviase a vuestro país una partida de bonzos y de lamas a predicar su ley? ¿Cómo los recibiríais vosotros?»
—¡A puntapiés, y con razón!—exclamó el General—. ¡Tendría gracia que viniesen a predicarnos religión y moral unos hombres ignorantes que viven poco menos que en el estado salvaje, sin ferrocarriles, sin telégrafos, sin ejército regular, sin Marina y que se mantienen con algunos granos de arroz!
El Secretario sonrió tristemente y repuso con calma: