—Es verdad; los hombres de Occidente pueden gloriarse de haber dado pasos gigantescos de cien años a esta parte. ¿Pero es todo gigantesco y digno de admiración en Europa? Entre nosotros se inculcan a los niños desde su más tierna edad las reglas de la urbanidad de tal modo, que aun los rústicos campesinos y los obreros se tratan entre sí con un respeto y una cortesía, que aquí no observo ni en las clases más elevadas. Habéis adelantado mucho en el dominio de la naturaleza exterior, pero la interior no pocas veces ha quedado intacta. Tenéis mayores comodidades que nosotros, ¿pero sois más felices? En los años que llevo en Europa observo en la mayoría de las personas un deseo jamás satisfecho de algo más, un afán y un ardor que turba su existencia como si ésta fuese siempre provisional. No se goza aquí del presente. Se diría que todos tienen ganas de morir. Allá en nuestro país el segundo libro clásico que en las escuelas nos hacen estudiar tiene un título que en español significa El invariable medio. Este libro se halla basado sobre el principio fundamental de que toda exageración es nociva para la felicidad y que en el medio armónico se halla la fuente del bien, de la verdad y de la belleza. Tal principio parece desconocido en Europa y acaso por eso he hallado aquí más hombres desgraciados que en China. «Tratar ligeramente lo principal—dice Confucio—y seriamente lo secundario es un modo de obrar que jamás se debe seguir.» La gran superioridad que las naciones occidentales han adquirido sobre nosotros desde hace un siglo no consiste en otra cosa, si bien lo examináis, que en haber encontrado y haber utilizado dos fuerzas naturales: el vapor de agua y la electricidad, merced a las cuales fabricáis pronto y bien una multitud de objetos, os alumbráis, os comunicáis y os trasladáis de un punto a otro. Este adelanto es puramente exterior. Para ponerse a vuestro nivel bastan pocos años. El Japón ha comenzado ya a marchar y antes de mucho será tan civilizado, en el sentido que aquí se da a la palabra, como vosotros. Los chinos, más apegados a nuestras costumbres y a nuestros antiguos procedimientos industriales, nos mostramos más reacios, pero al cabo también copiaremos vuestra civilización. Tendremos ferrocarriles y telégrafos, navíos de guerra y máquinas y armas primorosas... ¿Y entonces qué sucederá? ¡Ah! entonces puede suceder que la vieja China se acuerde de los agravios que le habéis hecho, de las crueles humillaciones por donde nos hacéis pasar, de vuestros latrocinios, de vuestros desprecios... Somos cuatrocientos millones y más disciplinados que los europeos y tenemos menos miedo a la muerte porque nos educan en el desprecio de ella; somos sobrios y astutos y sufridos...
El Secretario, que había dado señales de agitación al pronunciar las últimas palabras, se alzó del sofá.
—¡Ah, entonces, quién sabe!—continuó—. Ahora nos dicen en las escuelas los maestros: «Mostraos sumisos, bajad vuestra cabeza hasta la tierra, apretad vuestro corazón y haceos pequeños.» Pero entonces quizá alguno nos diga: «Levantad la cabeza porque sois hijos del Cielo, ensanchad vuestros corazones, haceos grandes, acordaos de vuestros padres... No faltará, no, quien haga la señal... ¡Ah! entonces os gritaremos como los ministros inferiores de la justicia gritan allá en China a los acusados cuando entran en la sala del tribunal: «¡Temblad! ¡temblad! ¡temblad!»
—¡Socorro!—gritó la suegra de Pérez de Vargas lanzándose hacia la puerta.
Su esposa y la hija del General la siguieron presas igualmente de terror pánico. No tenía nada de extraño. La estatura, la fealdad, la voz formidable y el ademán airado del Secretario eran bien capaces de infundir grima a cualquiera.
Acudimos inmediatamente en su auxilio para tranquilizarlas. Los chinos, asustados, se alzaron del asiento. El Secretario, pálido, inmóvil como una estatua, no sabía qué hacer ni decir, mientras el General se desternillaba de risa en la butaca lanzando nuevas carcajadas.
Al cabo logramos sosegar a las señoras y las redujimos a que volvieran al salón. El desgraciado Secretario comenzó a balbucir excusas, y ellas también. Todos estaban avergonzados, pero muy particularmente aquél, como debe suponerse.
El Embajador dió al fin la señal de partida y nuestros chinos se despidieron sensiblemente humillados, aunque por su parte Pérez de Vargas hizo los mayores esfuerzos por disipar su molestia.
IV
UN HOMBRE DEMASIADO FELIZ
Cuando la adversidad se empeña en perseguir a un hombre, todo el mundo sabe que no ceja hasta dar buena cuenta de él. Lo que muy pocos saben es que otro tanto sucede cuando la dicha se propone favorecerle.