Este fué el caso de mi amigo Pérez de Vargas.

Quince o veinte días después de la singular aventura de los chinos, recibí de él una tarjeta anunciándome su partida para los Estados Unidos, adonde le llevaba un asunto de interés. Este asunto, como pude enterarme pronto, era el fallecimiento de un tío de su esposa que había muerto dejándola por única y universal heredera.

La herencia era colosal, según comenzó a susurrarse. Unos hablaban de doce millones de dólares; otros la hacían subir a veinte; y había alguno, puesto a disparatar, que no paraba hasta los cuarenta.

De todos modos se trataba de una fortuna verdaderamente fantástica.

Pocos meses después el afortunado Pérez de Vargas y su esposa arribaban a la bahía de Vigo en un soberbio yacht que reunía, al decir del corresponsal gallego de un periódico de la corte, «la mayor suntuosidad y las más exquisitas y refinadas comodidades que pueden verse en esta clase de navíos».

En cuanto se trasladó a Madrid comenzó a ostentar un lujo escandaloso. Porque el amigo Pérez de Vargas era por temperamento liberal y magnífico. Trenes a la Dumont, fiestas espléndidas, palco en todos los teatros, cacerías, banquetes, etc., etc.

Los revisteros de salones sudaban tinta describiendo tanta opulencia.

Fué en esta ocasión cuando los españoles se enteraron de que Pérez de Vargas era un sabio. Salieron a relucir sus trabajos geológicos, sus libros, y se hicieron de ellos hiperbólicos elogios, aunque nadie los había leído ni pensaba en leerlos.

Naturalmente, la Academia de Ciencias le abrió de par en par sus puertas.

Tengo la satisfacción de declarar que, en medio de tanta grandeza, no me olvidó por completo. Repetidas veces me envió su tarjeta invitándome ora a una garden-party, ora a una comida o a un baile. Como el brillo me ofusca y no me agradaba encontrarme en medio de tanto y tanto personaje, rehusé siempre estas invitaciones. Porque la casa de Pérez de Vargas fué durante aquel invierno el sitio de moda donde se daba cita la sociedad más ilustre de Madrid.