Sin embargo, Pérez de Vargas no estaba satisfecho de su casa. Le parecía que ya no cabía dentro de ella. En su consecuencia, determinó edificar otra más amplia, un grandioso palacio en el ensanche de Madrid.
Por esta época fuí a visitarle una mañana. Me dijo que mientras la casa se construía pensaba dedicarse a viajar. Le hallé un poco distraído y agitado. No me sorprendió, pues tantos millones eran bien capaces de marear la cabeza más sólida.
En efecto, salió de Madrid pocos días después acompañado de su esposa, algunos criados y dos o tres parásitos que le servían de secretarios. En un año no se volvió a oír hablar de él. Viajó por Europa y una parte del Asia. Tuve conocimiento de que había estado en la India y había cazado tigres por una fotografía que me envió en traje de musulmán con uno de estos animalitos muerto a sus pies.
Al cabo del año, poco más o menos, se presentó de nuevo en Madrid cargado de objetos raros y preciosos y de una colección de cuadros que desde luego se consideró por los inteligentes como la más rica que un particular poseyera hasta entonces en España. Además, había escrito un libro acerca de sus viajes y lo publicó inmediatamente, revelándose como un escritor ingenioso y ameno. Se hicieron de este libro dos ediciones: una de lujo, otra barata, y las dos se agotaron rápidamente.
Su palacio estaba terminado. En alhajarlo se tardó todavía algunos meses, pero al cabo resultó una maravilla de suntuosidad y buen gusto. Comenzaron de nuevo las fiestas y a la primera de ellas asistieron los reyes en persona. No se habló de otra cosa en Madrid durante algunos días. Se dijo que sólo en flores se había gastado una suma fabulosa. El rey le concedió el título de conde del Malojal, una finca que poseía no muy lejos de Madrid. Poco después fué elegido diputado por un distrito de la provincia de Sevilla.
Yo no asistía a sus famosos saraos, como he dicho, pero una que otra vez iba a sorprenderle por la mañana. Hallábale siempre cordial y afectuoso, charlábamos placenteramente y recordaba con entusiasmo los buenos tiempos en que repasando nuestras asignaturas nos quedábamos dormidos de bruces sobre la mesa, aunque para evitarlo habíamos ingerido unas cuantas tazas de café puro. Yo no podía menos de sonreír oyéndole calificar de buenos aquellos tiempos. ¡Como si los que ahora atravesaba fuesen malos!
No obstante, su rostro no dejaba traslucir tanta prosperidad como en poco tiempo se había amontonado sobre su vida. Si he de decir la verdad, le hallaba más grave y un poco distraído y fatigado. Se me ocurrió que podría experimentar algún desabrimiento en el seno de su familia; pero muy pronto deseché tal idea. No tenía hijos y su encantadora esposa estaba profundamente enamorada de él. Lisonjeado por grandes y pequeños, rodeado de un respeto sincero, no sólo a causa de sus inmensas riquezas, sino igualmente por su reputación de sabio. Nada, pues, le faltaba. Por fin, leí en los periódicos que el rey le había hecho merced de la grandeza de España añadida a su título de conde.
Al día siguiente recibí de su puño y letra el siguiente billetito:
«Querido Angel: ¿Quieres venir a comer mañana conmigo para celebrar la flamante grandeza? Se trata de una comida íntima. Sólo unos cuantos viejos amigos como tú. Ninguna señora más que la de la casa. Traje de calle. A las ocho. Creo que esta vez no rehusarás.—Martín.»
Claro está que no podía rehusar. Aunque receloso siempre, y si he de confesar la verdad un poco cohibido, entré en su palacio a las ocho en punto. Un criado con librea y calzón corto me condujo hasta un salón donde ya estaban reunidos con los dueños de la casa los quince o veinte invitados.