En efecto, Pérez de Vargas no me había engañado. Ninguno vestía traje de etiqueta y por lo que pude entender la mayoría de ellos eran oficiales del ejército. Pérez de Vargas hacía ya tiempo que había pedido la licencia absoluta, pero no dejaba de considerarse como militar y mantenía las mismas relaciones de afectuoso compañerismo con los jefes y oficiales de su tiempo. Nos dijo riendo que había tenido particular empeño en invitar solamente a aquellos amigos a quienes tuteaba. A más de estos militares había algunos paisanos como yo, un escultor famoso, un abogado, dos catedráticos y un agente de Bolsa.
Mi amigo Martín parecía hallarse extremadamente alegre. No obstante, como hacía ya más de dos meses que no le había visto, me sorprendió su palidez y el círculo oscuro que rodeaba sus ojos. No quise preguntarle si había estado enfermo por no alarmarle en caso negativo, pero no dejé de sospecharlo.
Después de un corto rato de conversación, pasamos al comedor. La hermosa señora de Pérez de Vargas, que vestía con elegancia, aunque sin ostentar joya alguna, tuvo la amabilidad de sentarme a su izquierda. Desde el comienzo reinó la mayor alegría y cordialidad. Contra lo que esperaba, me hallé completamente libre y a mi gusto. Todos aquellos señores eran personas sencillas y de buen temple. Se comió, se bebió y se rió como en un festín de Homero.
He oído afirmar más de una vez que no hay fiesta española donde al final no aparezca una guitarra. Es una especie grosera y calumniosa. Podrá ser esto cierto en Andalucía, pero en el resto de España nadie que estime la verdad osará sostenerlo.
Lo único que surge indefectiblemente en toda la península ibérica es un orador. Entiéndase como cantidad mínima.
El que nos tocó en suerte en la ocasión presente fué un comandante de caballería original de Badajoz. Era un hombre risueño y feliz. Parecía gozar con todas las cosas de este mundo, pero muy particularmente con sus propias ideas, a juzgar por la satisfacción con que las dejaba fluir de sus labios. Su palabra era pintoresca, pero tan débil de complexión que necesitaba apoyarse a cada instante en la muletilla «¿estamos, señores?» para no caer.
Otros oradores he conocido que se apoyaban, no en una, sino en dos muletas y, no obstante, así cojeando han llegado hasta el banco azul.
Después de dirigir algunos requiebros subidos de color a la señora de la casa, que tomó el partido de ruborizarse por no verse en el caso de tirarle un tenedor a la cabeza, vino a explicarnos cómo nuestro amigo Pérez de Vargas era un barbián en toda la extensión de la palabra, pariente cercano de María Santísima, que donde ponía el ojo ponía la bala. Por lo tanto, él no se sorprendería demasiado de que un día tuviese el capricho de encajarse una mitra en la cabeza, a pesar de hallarse casado, y obtuviera con aplauso de todos el arzobispado de Toledo. Después de este vaticinio bárbaro y temerario se sentó riendo y todos los demás por complacerle hicimos coro a sus carcajadas.
Otros dos oradores, el uno militar, el otro paisano, que le siguieron en el uso de la palabra, se expresaron en el mismo sentido. Que si la suerte, que si el destino, que si la estrella, etc., etc.
Pérez de Vargas, que había escuchado sus discursos con ostensible displicencia y aun pudiera decir mal humor, se levantó por fin a hablar.