«En efecto, mis queridos amigos, la felicidad ha tomado la resolución de perseguirme con verdadero encarnizamiento. Sobre muy pocos hombres en este mundo habrán llovido tantas prosperidades en menos tiempo como sobre mí. Vosotros conocéis muchas de ellas, pero no todas, y acaso las que no conocéis—añadió dirigiendo una mirada a su esposa—sean las más dulces y penetrantes. A la hora presente disfruto una reputación de sabio superior a mis méritos y que no había soñado alcanzar. Menos aún había pensado en obtener la gloria literaria y por un azar, incomprensible también, me la ha otorgado generosamente el público. Una fortuna cuantiosa me coloca en situación de satisfacer, no sólo mis deseos sino hasta mis caprichos más fantásticos. Me han gustado las obras de arte y poseo la más notable colección de cuadros y objetos preciosos que un particular puede adquirir en España. Quise viajar y he recorrido el mundo en un barco propio y con todas las comodidades apetecibles. Soy aficionado a los libros y mi biblioteca cuenta hoy más de veinte mil volúmenes. Me han apasionado los caballos y sabéis que no hay nadie en Madrid que los posea mejores. Me seduce la caza y he tenido la suerte de cazar osos en Rusia y tigres en la India. Gozo de una perfecta salud, soy conde, soy grande de España, soy académico, soy diputado, mis amigos me quieren, los sabios me estiman, el público me respeta, los reyes vienen a mi casa. ¿No es cierto, queridos amigos, que debe existir a mi lado una hada benéfica y complaciente encargada de satisfacer mis deseos? Apenas nace uno en mi mente, hace vibrar su varita mágica y el capricho se cuaja en el espacio y se transforma en realidad. Soy un Midas moderno que convierte en oro cuanto toca con sus manos... Soy el hombre más feliz de la tierra... Pues bien, amigos míos, soy al mismo tiempo el más desgraciado... No puedo con tanta felicidad... Estoy verdaderamente abrumado... ¡No puedo más! ¡no puedo más!... ¡no puedo más!»

Con gran sorpresa le vimos ponerse rojo y pronunciar estas últimas palabras con creciente exaltación, casi gritando. Sus ojos brillaron siniestros y extraviados y tomando los platos que tenía delante los estrelló furiosamente contra el suelo. Hecho lo cual se precipitó a la puerta y salió del comedor.

Puede cualquiera imaginarse la estupefacción de todos nosotros ante aquel arrebato inaudito. Hubo unos instantes de silencio. El comandante orador soltó una carcajada.

—¡Vaya un vino guasón que tiene nuestro amigo Pérez de Vargas!

Pero los demás no reíamos. Su esposa había salido detrás de él. Al cabo de unos momentos volvió con las mejillas inflamadas y los ojos enrojecidos a decirnos que su marido se hallaba indispuesto. En nombre suyo nos pedía encarecidamente perdón.

Todos nos apresuramos a tranquilizarla no dando importancia alguna al suceso. Era el parecer unánime que sólo se trataba de una exaltación momentánea producida por el alcohol. Con un poco de bromuro y algunas horas de reposo todo quedaría disipado.

Sin embargo, yo salí tristemente impresionado de aquella casa.

V
CÓMO SE REGENERÓ MI AMIGO PÉREZ DE VARGAS

Por desgracia, las sospechas, que yo había concebido la noche en que festejamos la grandeza de España otorgada a Pérez de Vargas, se verificaron.

No fué la influencia del alcohol la que determinó aquella singular escena, como pensaron unánimemente sus invitados, sino la enfermedad nerviosa que en él venía incubando desde hacía algún tiempo. Fuí al día siguiente a enterarme de su estado, pero no pude verle. Su esposa me envió una tarjeta haciéndome saber que, según la opinión de los médicos, Martín sufría una neurastenia aguda y que pensaba trasladarse al campo por una temporada.