Tampoco creí por completo en la neurastenia. Sin duda existía una dolencia física, pero ésta era consecuencia de una depresión moral que yo había observado las últimas veces que había tenido ocasión de hablarle.
Pérez de Vargas era un hombre de elevada inteligencia y excelente corazón. Las riquezas y prosperidades de toda suerte acumuladas sobre él en tan poco tiempo le inquietaban, como sucede siempre que entra algo anormal en nuestra existencia. Este sentimiento de temor, unido al hastío, era lo que había originado la crisis a que habíamos asistido. Tal fué, por lo menos, mi opinión entonces.
Cuando regresó del campo fuí a verle. Le hallé perfectamente tranquilo y de mejor color, pero grave y triste. Había desaparecido aquella alegría ruidosa que le caracterizaba, aquel donaire y agudeza que siempre habíamos admirado en él. Nada de proyectos magníficos ni de fiestas o cacerías. Hablamos de política y literatura. Me pareció que en aquellos últimos tiempos se había dedicado a la lectura de filósofos y místicos.
Otras dos veces fuí a visitarle, pero no le encontré o no quiso recibirme. Por lo tanto me abstuve en adelante de acercarme a su casa. Algún tiempo después tropecé casualmente en la calle con uno de sus parientes, a quien conocía, y me dió de él noticias poco halagüeñas. Martín había comenzado a ofrecer señales de perturbación mental. No solamente había suspendido sus fiestas y recepciones, pero no quería tampoco asistir a los de sus amigos; se negaba igualmente a hacer visitas; había cortado toda comunicación con el mundo aristocrático donde antes tanto figuraba; redujo sus gastos personales de un modo repugnante, no por avaricia, si no por ciertas ideas extravagantes que repentinamente le habían acometido: pasaba la vida leyendo y sólo salía por la noche.
Todo aquello, en verdad, no me parecía suficiente para calificar de perturbado a mi amigo. El sujeto que me comunicaba las noticias era un joven evaporado, para el cual huir del mundo y abstenerse de sus placeres poseyendo gran fortuna era una monstruosa locura. Sin embargo, poco más tarde supe que las extravagancias de Pérez de Vargas habían subido tanto de punto que se hallaban ya vecinas de la demencia si no la habían alcanzado por completo.
Me dijeron que había hecho desaparecer los muebles suntuosos de su habitación y los había reemplazado con unos cuantos miserables trastos, sin cortinas ni tapices, que se alimentaba de un modo grosero e insuficiente, que él mismo se aderezaba la comida y se la servía, que vestía de un modo indecoroso hasta el punto de haberle visto en las afueras de Madrid sin corbata y calzando alpargatas, que sólo frecuentaba el trato de la plebe y huía de sus amigos.
Su pobre mujer estaba aterrada: pasaba la vida llorando. Al cabo, no pudiendo sufrir más tiempo aquel ridículo estado de cosas y cediendo a la presión de sus parientes y amigos, consintió en que Martín fuese trasladado a una casa de salud fuera de España.
Antes de que tal resolución pudiera tener efecto, Pérez de Vargas desapareció repentinamente de su casa.
Se dijo que había dejado escrita una larga carta dirigida a su esposa; pero ésta no quiso comunicarla con nadie. Quizá por virtud de tal carta se abstuvo de dar parte a las autoridades y hacerle buscar por medio de la Policía. Sin embargo, privadamente realizó muchas y activas diligencias, empleando varios agentes, no perdonando medio alguno para averiguar su paradero.
Todo fué inútil. Ninguna de sus pesquisas dió resultado alguno. En las tres o cuatro visitas que le hice la hallé siempre abatidísima, pero no dejó escapar palabra alguna que redundase en desprestigio de su marido. Aquella noble reserva confirmó la opinión que de su carácter tenía formada.