Así transcurrieron algunos meses. Ya todo Madrid se había olvidado de tan extraña aventura cuando he aquí que recibo la noticia de que Pérez de Vargas había llegado, o por mejor decir, le habían traído a su casa gravemente herido. Me personé inmediatamente en ella, pero no pude verle. Me enteraron de que se hallaba un poco aliviado. Supe que sus heridas no eran de cuchillo ni de arma de fuego, sino la fractura de dos costillas y grandes contusiones en diferentes partes del cuerpo. Más tarde averigüé que estas heridas le habían sido hechas en una pelea o motín popular, lo cual, como puede comprenderse, me causó viva sorpresa.

Traté de penetrar aquel misterio, aunque sin resultado. Nadie sabía la verdad: todo se volvía conjeturas.

Su esposa, a la cual pude ver al cabo, nada me dijo respecto al particular ni yo osé hacerle pregunta alguna. La encontré alegrísima; me enteró de que Martín se hallaba fuera de cuidado y en vía de rápida curación; quizá no se pasarían muchos días sin que pudiera recibirme.

No se verificó tal promesa. Antes de que pudiera o quisiera dejarse ver, salieron ambos esposos para el Extranjero y tardaron bastantes meses en regresar.

Bien comprendí que aquel viaje inopinado obedecía a la vergüenza y embarazo que le causaba a mi amigo el presentarse nuevamente en sociedad. A su vuelta todo se había olvidado o por lo menos afectaba olvidarse. Se daba por sentado entre los amigos que el conde de Malojal había padecido una neurastenia grave de la cual ya, felizmente, estaba curado.

Yo fuí uno de los primeros en verle y experimenté gran contento al hallarle como antes alegre y locuaz: la misma vena de humor satírico: idéntico temperamento afectuoso.

Restableció su antiguo tren de vida lujoso y pudo vérsele en todas partes feliz, generoso y espléndido como siempre lo había sido. Sin embargo, aunque no dejó de ofrecer a la sociedad fiestas memorables, eran éstas más raras. Recibía con más frecuencia en su casa a los sabios y literatos que a los mundanos y se le vió interesarse con verdadera pasión por los problemas sociales. Habló en el Congreso diferentes veces acerca de ellos y siempre con lucimiento; gastó mucho dinero construyendo escuelas en la provincia de la cual era originario, dotó de material científico a otras, fundó algunas cooperativas y se significó como ardiente partidario de que se aumentase el presupuesto de instrucción pública aun a expensas de otros servicios del Estado.

En las diferentes visitas que le hice nunca aludió directa ni indirectamente a su enfermedad ni a la extraña aventura que le había restituído a su hogar. Como puede concebirse, yo me guardé también de hacerlo.

Una tarde de primavera en que se me ocurrió dar un paseo por la Casa de Campo tuve la buena suerte de encontrarle en una de sus avenidas más extraviadas. Marchaba solo a pie y seguido de su coche. Pareció alegrísimo de tropezar conmigo, me abrazó cariñosamente y desde luego nos emparejamos para continuar nuestro paseo. Hablamos de asuntos diferentes y yo le felicité por el discurso que hacía algunos días había pronunciado en el Congreso sobre la ley del trabajo.

—No he leído más que el extracto que traen los periódicos, pero he oído hacer de él muchos elogios. Todo el mundo alaba la forma y el fondo y está de acuerdo en estimar que un hombre de tu fortuna se interese tan vivamente por la suerte de las clases trabajadoras.