No respondió. Caminamos algunos pasos en silencio. Al cabo, mirando distraídamente al cielo, dejó caer estas palabras con acento displicente:
—Y, sin embargo, yo no siento gran cariño por las clases trabajadoras.
Levanté la cabeza sorprendido.
—¿Cómo es eso?
—Sí; te confieso que me cuesta gran trabajo vencer la aversión que me inspiran las masas...
Calló unos instantes y prosiguió después en tono amargo:
—¡Las masas! ¡las masas!... Para mí esta palabra es sinónimo de grosería y barbarie. ¿Por qué denominar pomposamente pueblo a lo que no es otra cosa que la parte más ruin y despreciable de él? Los farmacéuticos llaman «materia muerta» a aquellos productos inertes que añaden a los principios activos al confeccionar sus píldoras. De igual modo en nuestra sociedad existe esa materia muerta que poco o nada contribuye a su progreso.
—Pero las masas trabajan y gracias a ellas se ha llevado y se lleva a término todo lo que existe en el mundo civilizado.
—Ciertamente. También trabajan los saltos de agua, el vapor y los caballos. A nadie se le ha ocurrido, sin embargo, conceder valor espiritual a estos elementos. Los que trabajan, en el noble sentido de la palabra, son el físico, el químico, el matemático, el arquitecto, el ingeniero, los que la plebe llama burgueses. Estos son los depositarios de la civilización, por lo menos en su aspecto industrial.
—Desde luego, y por eso no son ellos el blanco de los tiros de la clase obrera, sino los rentistas.